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80 anualidades adelante, siempre, por Dios

Cuarenta años de ser más. Cuarenta años para servir mejor. Roberto F. Salazar-Córdova San Pablo decía: “Hago el mal que quiero evitar y dejo de hacer el bien que deseo.” (Carta a los Romanos 7,19) Partimos desde una verdad compartida. Todos cargamos errores, omisiones y aprendizajes. Caminamos con tensiones interiores, con aciertos y con decisiones que pidieron corrección. Partimos siempre humillados, con conciencia clara de nuestras limitaciones y de la responsabilidad común. Esa conciencia orienta el camino. Desde ahí buscamos la santidad en el tiempo, entendida como trayectoria comunitaria y como forma concreta de vivir, producir, cuidar y servir juntos. La santidad se logra con el amor a Dios y el amor al prójimo. Ambos se expresan en obras, en tiempo sostenido y en responsabilidad compartida. Ochenta años permiten observar esa trayectoria completa. En 1985, cuando fui acólito de San Juan Pablo II el Grande en la Misa de la Juventud en el Estadio Olímpico Atahualpa, los países andinos compartíamos una realidad exigente. Ingresos bajos, pobreza extendida, mortalidad infantil elevada, infraestructura incompleta, brechas profundas entre ciudad y campo, entre lo nacional y lo indígena. Existía una convicción común en el eje andino completo: crecer resultaba imprescindible. Durante los siguientes cuarenta años, crecimos. Como bloque histórico —los Estados Unidos Andinos, compuestos por Venezuela, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina— el ingreso real por habitante se multiplicó cerca de cuatro veces. El tamaño agregado de las economías creció entre cuatro y seis veces. La productividad laboral se duplicó. La esperanza de vida aumentó más de doce por ciento. La mortalidad infantil descendió entre sesenta y ochenta por ciento. La escolaridad promedio creció alrededor de sesenta por ciento. La electrificación y la conectividad se extendieron a casi todo el territorio. Ese proceso significó acumulación real. Trabajo, inversión, urbanización, integración productiva, ampliación de capacidades públicas y privadas. Fueron cuarenta años de ser más. Más capacidades. Más infraestructura. Más integración. Más nación compartida. Mirado con humildad, ese crecimiento avanzó a ritmos distintos según el territorio. En el mundo rural andino, la pobreza permanece cercana al cincuenta por ciento. En los pueblos indígenas, supera con frecuencia el sesenta por ciento. La desnutrición crónica infantil indígena continúa duplicando y, en varios territorios, triplicando el promedio nacional. El acceso a agua segura, conectividad productiva y servicios básicos sigue siendo entre quince y treinta puntos menor fuera de las ciudades. Estas cifras cumplen una función clara. Permiten hacernos cargo. Comprendemos que el crecimiento agregado abrió oportunidades reales. Al mismo tiempo, comprendemos que la convergencia territorial quedó pendiente. Ese aprendizaje madura el recorrido y lo transforma en responsabilidad histórica. El año 2025 marca el centro exacto de ochenta años. En este punto, el tiempo invita a ordenar lo acumulado. Surge una pregunta esencial: ¿cómo ponemos lo aprendido al servicio del conjunto?, ¿cómo usamos las capacidades construidas para fortalecer comunidad, territorio y futuro compartido? El Evangelio acompaña este momento con sobriedad. Nadie arroja piedras. Todos asumimos responsabilidad. San Pablo habla desde la experiencia vivida y desde la disciplina interior. Esa voz acompaña una decisión colectiva: ordenar el crecimiento en favor del bien común, como expresión concreta del amor al prójimo y del amor a Dios. Aquí se abre con claridad el segundo tramo del camino. Los próximos cuarenta años están llamados a ser cuarenta años para servir mejor. Servir mejor al territorio que sostuvo el crecimiento. Servir mejor al mundo rural que alimentó a las ciudades. Servir mejor a los pueblos originarios que conservaron el capital natural del bloque andino. Servir mejor afina la ambición y le da dirección. En términos medibles, este enfoque permite proyectar un nuevo aumento del ingreso real por habitante de entre dos y tres veces. Permite reducir la volatilidad macroeconómica en torno al cuarenta por ciento. Permite duplicar la inversión de largo plazo. Permite aumentar la productividad total de factores entre cuarenta y cincuenta por ciento. Permite reducir la pobreza rural en más de la mitad y la pobreza indígena en más de sesenta por ciento. Permite llevar la desnutrición crónica infantil indígena a niveles residuales. Aquí, crecer y servir avanzan juntos. El crecimiento encuentra propósito. El servicio encuentra escala. Sierra|ANDES nace precisamente en este punto del camino. Aparece como obra de largo plazo, con orientación territorial clara. Protege y regenera territorios estratégicos. Integra familias rurales e indígenas como protagonistas económicos. Convierte el capital natural en ingreso verificable. Mantiene la renta en el territorio. Cada dólar invertido genera 1,44 dólares de valor agregado territorial, con gobernanza local y trazabilidad. Servir mejor adquiere forma concreta. Lo acumulado encuentra destino. Ochenta años permiten afirmar esto con serenidad. Como Estados Unidos Andinos, demostramos capacidad para ser más durante cuarenta años. Ahora contamos con cuarenta años para servir mejor, para hacernos uno, para ordenar lo acumulado en favor de la vida que viene. La santidad se alcanza en ese camino: amor a Dios vivido en responsabilidad histórica, amor al prójimo expresado en cifras, territorio y comunidad. 80 años adelante, siempre, por Dios. Feliz 2026: 1 de 40...

80 anualidades adelante, siempre, por Dios
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