
Hacia 40 años de ABC para las P.A.C.E.S.
- ROBERTO SALAZAR CORDOVA

- hace 22 horas
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La crisis y el dividendo de los próximos 40 años: Los Andes
Por Roberto F. Salazar-Córdova
Los Andes pueden comenzar a medir 2026 como el punto de partida de un ciclo económico de cuarenta años.
La unidad de análisis comprende ocho países: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.
Juntos representaban en 2024 alrededor de US$2,06 billones de PIB: Argentina US$638 mil millones, Colombia US$419 mil millones, Chile US$330 mil millones, Perú US$289 mil millones, Ecuador US$125 mil millones, Venezuela US$120 mil millones, Panamá US$87 mil millones y Bolivia US$55 mil millones.
Esa escala permite formular una pregunta básica para la política pública: ¿cuánto vale sacar durante cuarenta años a hogares, empresas y territorios inmersos en tal economía de una crisis acumulada durante varias décadas?

La respuesta requiere mirar bastante más allá del crecimiento de un año.
De treinta años de crisis a cuarenta años de acumulación
Hugo Chávez asumió la Presidencia de Venezuela en 1999. Ese año sirve como marcador político de un ciclo regional cercano a los 30 años que ya venía precedido por una década previa de crisis de deuda, ajustes fiscales, crisis bancarias, inflación, desempleo, informalidad y baja productividad.
Desde 1999 hasta 2026 transcurrieron 27 años. La perspectiva de crisis sin embargo debe verse a 40 años cuando colapsaron los partidos, a mediados de los 80s y tomaron cuerpo las crisis latinoamericanas iniciadas y desarrolladas durante las décadas de 1980 y 1990.
La unidad económica que interesa hacia adelante es otra: 2026–2066.
Cuarenta años permiten evaluar qué se debe dejar atrás, de modo que inversión, productividad, capital humano, infraestructura y patrimonio familiar operen mediante acumulación.
El resultado depende menos de un año excepcional de precios de materias primas que de conseguir diferencias pequeñas y persistentes en crecimiento durante lustros.
Por ejemplo, partiendo de una economía regional cercana a US$2,06 billones, una trayectoria real, adicional, de 2% anual de crecimiento extra llevaría el producto hacia aproximadamente US$4,55 billones al final de cuarenta años.
Eso es necesario, pues la población crece a ese ritmo biológicamente.
Una trayectoria que alcance 3,5% extra durante los primeros veinte años y 3% durante los siguientes veinte llevaría la economía hacia aproximadamente US$7,4 billones.
Aquello podría cubrir crecimiento de la población natural e incremento natural de precios bajo control.
Una trayectoria de 4% durante veinte años y 3,5% durante los veinte siguientes acercaría el producto regional a US$9 billones.
Allí se tendría ya un aumento de productividad real.
Son escenarios, antes que pronósticos. Su utilidad consiste en mostrar cuánto pesa una diferencia persistente de políticas y un buen acuerdo dialogado para encaminar un ABC que fundamente las bases terrenales de la productividad sostenible.
ABC: El beneficio comienza en los hogares
Una reforma que ponga en valor recursos valiosos a 40 años, como el Agua, la Biodiversidad y el Carbono (ABC) es capaz de convertirse en ese extra que aumenta inversión y empleo, y produce un primer flujo visible: ingreso.
Después aparecen otros negocios: tecnología y servicios.
Antes de ello está lo básico: la economía del hogar empleado que preserva ahorro. Recuperar capacidad de crédito. Mantener cotizaciones previsionales. Poder invertir en educación. Poder comprar vivienda y bienes durables. Recuperar capacidad para enfrentar contingencias.
Cada hogar que sale adelante representa un costo de crisis evitado en la vida real.
Por eso, una reforma que atrae inversión y aumenta el valor económico de un territorio y logra recuperar un empleo supera su beneficio por recuperarse un salario mensual: Incluye la trayectoria patrimonial que vuelve a construirse alrededor de ese salario.
Con millones de hogares ocurre algo adicional: el gasto de una familia se convierte en ingreso de una tras otra. La recuperación comienza a agregarse y a potenciarse.
Allí vienen las empresas
Una empresa que recupera actividad porque la potencia de la economía aumenta, obtiene ventas y simultáneamente evita costos.
Reduce capacidad ociosa. Preserva trabajadores y conocimiento. Recupera clientes. Utiliza nuevamente activos existentes. Retoma proyectos. Reduce el peso relativo de su deuda sobre ingresos. Recupera capital de trabajo.
El flujo comienza entonces a circular desde los hogares hacia las empresas y vuelve hacia los hogares y comunidades:
inversión → empresa → empleo → ingreso → consumo → ventas → nueva inversión.
La recuperación empresarial produce además efectos fiscales. Más actividad amplía las bases sobre las cuales se recaudan impuestos y cotizaciones.
El Estado puede obtener más recursos a partir de una economía mayor. Con ello, más bienes públicos pueden ofertarse.
Éste es uno de los mecanismos mediante los cuales una reforma que eleva inversión y productividad puede terminar financiando parte de sus propios costos fiscales y beneficiar a la sociedad entera.
Cuando esto se coordina a nivel andino, la potencia aumenta aún más. Ya se lo vio en los Tigres del Sud-Este Asiático.
El costo evitado también es beneficio
Cuando esto se hace a nivel continental y de un bloque, por ejemplo, occidental, o de la OECD, los frutos del crecimiento pueden extenderse diagonalmente desde Chile hasta Japón.
Interrumpir eso, por supuesto, sería un crimen. Darle vida, en cambio, conduce hacia la paz.
La evaluación económica de una crisis evitada utiliza, por ello, conceptos que pueden leerse desde el otro lado cuando comienza la recuperación.
El daño emergente evitado libera recursos.
El lucro cesante recuperado vuelve a generar ingreso.
Los costos de reconstrucción evitados quedan disponibles para inversión.
Las oportunidades recuperadas vuelven a entrar en las decisiones empresariales.
La reputación y confianza recuperadas reducen costos de transacción.
La macroeconomía puede observarse entonces como la agregación de millones de estas cuentas, en beneficios hacia hogares y comunidades, pueblos, países y bloques.
Todo comienza con un hogar que recupera US$1.000. Sigue hacia una empresa que evita perder US$100.000. Y así se pasa a otra que ejecuta una inversión que había postergado y sigue y suma...
Un banco recupera un crédito.
Un trabajador vuelve a cotizar.
Una municipalidad recibe actividad.
El Estado recauda.
El agregado de esas decisiones aparece finalmente en consumo, inversión, empleo, productividad y PIB.
El efecto de cuarenta años
Aquí está la diferencia entre recuperación y transformación.
Durante uno o dos años, una economía puede crecer por capacidad ociosa que vuelve a utilizarse. Durante cuarenta años, el crecimiento depende crecientemente de productividad, inversión y acumulación de capital.
Por eso la trayectoria importa.
Una economía de US$2,06 billones que crece 2% durante cuarenta años multiplica su tamaño aproximadamente 2,21 veces.
Con la trayectoria intermedia descrita anteriormente, lo multiplica aproximadamente 3,60 veces.
Con la trayectoria superior, aproximadamente 4,37 veces.
La distancia final entre continuidad y transformación alcanza alrededor de US$2,9 billones anuales en el escenario intermedio y US$4,45 billones anuales en el escenario superior, medidos sobre la misma base de precios utilizada para el ejercicio.
El beneficio tampoco aparece recién en 2066. Se genera progresivamente durante los cuarenta años.
Por eso su valor económico acumulado es mucho mayor que la diferencia observada únicamente en el año final.
Ocho países
Llevar esto a la escala de los ocho países permite además diversificar funciones.
Argentina aporta agricultura, energía, minería, industria y capital humano.
Bolivia agrega minerales, energía, biodiversidad y territorio andino.
Chile aporta minería, mercados de capitales, infraestructura institucional y acceso al Pacífico.
Colombia conecta Andes, Caribe, Amazonía y Centroamérica.
Ecuador reúne Andes, Amazonía, Pacífico, agricultura y biodiversidad.
Panamá conecta el sistema con uno de los corredores logísticos y financieros del mundo.
Perú aporta minería, agricultura, pesca, energía y una de las mayores economías andinas.
Venezuela incorpora petróleo, gas, minerales, Caribe y una economía cuya reconstrucción puede movilizar capital durante décadas.
El Banco Mundial registra diferencias grandes entre sus situaciones actuales. En 2024 Chile creció 2,6%, Perú 3,3%, Panamá 2,7% y Colombia 1,6%, mientras Ecuador cayó 2,0%, Bolivia 1,1% y Argentina 1,3%. Venezuela registró crecimiento de 5,3% sobre una base económica marcada por una contracción histórica anterior.
Esa heterogeneidad también crea posibilidades de convergencia.
Los Estados Unidos del URKU
Los Estados Unidos del URKU en Los Andes pueden entenderse económicamente desde esa diversidad.
El punto de unión está en los activos.
Agua. Biodiversidad. Carbono. Energía. Minerales. Alimentos. Infraestructura. Tecnología. Capital.
El agua producida en ecosistemas andinos sostiene ciudades, agricultura, energía y producción.
Los Andes son la mayor solución basada en naturaleza a nivel del Agua en el mundo.
La biodiversidad resultante se sostiene en dichos servicios ecosistémicos y las actividades económicas que se hacen de forma sostenible en su entorno.
El carbono es la cuenta del estado de pérdidas y ganancias; permite incorporar conservación y restauración a instrumentos financieros cuando existe medición y trazabilidad.
La infraestructura conecta esos activos con mercados. La tecnología permite medirlos. El capital permite financiarlos. URKU incorpora a esa arquitectura una unidad económica vinculada al territorio y a resultados verificables.
La integración puede avanzar mediante proyectos antes que mediante instituciones supranacionales: agua, energía, corredores productivos, inversión, mercados ambientales, tecnología y financiamiento.
Cada proyecto terminado aumenta el stock de activos regionales.
El ABC de una economía que hace las P.A.C.E.S. durante cuarenta años
Agua, Biodiversidad y Carbono permiten ordenar una parte de esa inversión y apuntalar Políticas, Ambiente, Cultura, Economía y Sociedad.
El agua constituye capital productivo: abastecimiento humano, agricultura, industria y energía dependen de ella.
La biodiversidad constituye capital biológico: sostiene alimentos, agua, suelos, resiliencia y actividades productivas.
El carbono crea una métrica adicional para financiar las acciones humanas de conservación, restauración y mitigación.
El ABC pasa a convertirse así en infraestructura económica.
La inversión deja activos durante décadas y los beneficios pueden distribuirse entre familias, comunidades, empresas, inversionistas y Estados.
Interrumpir eso es una traición. Darle vida es una bendición.
El horizonte de cuarenta años tiene entonces una correspondencia económica: coincide con el período durante el cual muchos activos ambientales, energéticos, hídricos e infraestructurales generan retornos.
La dimensión social
Ser no es igual a parecer. Decir no es lo mismo que hacer.
Los pueblos indígenas representan aproximadamente 8% de la población latinoamericana, mientras concentran alrededor de 14% de las personas pobres y 17% de quienes viven en pobreza extrema. Ellos, a su vez, son los mayores guardianes del ABC.
En los 8 países son cerca de 19 millones de habitantes. Casi un Ecuador ó un Chile Entero. 8 millones estarían en pobreza. 5 millones en pobreza extrema, casi un Gran Santiago entero.
La convergencia económica de Los Andes depende de transformar esas diferencias y reconocer los trabajos de todos.
Agua potable, nutrición, productividad agrícola, energía, conectividad, educación, financiamiento y propiedad de activos producen efectos simultáneos sobre ingreso y patrimonio.
El territorio deja entonces de aparecer solamente como beneficiario del gasto.
Puede convertirse en propietario, productor, inversionista y receptor de flujos asociados a sus activos.
Ésa es una diferencia entre un modelo estatista de transferencias y uno capitalista de asocio y acumulación.
Asociarse es un acto consistente. Disociarse es un acto reñido con la ética.
La reforma como punto de partida
Las reformas económicas importan cuando modifican decisiones durante suficiente tiempo.
Una reducción permanente del costo de invertir puede alterar proyectos que antes quedaban bajo la rentabilidad mínima exigida.
Una regulación que reduce tiempo de aprobación modifica el valor presente de una inversión.
Una estructura tributaria que favorece reinversión puede aumentar capital.
Un sistema financiero que transforma activos territoriales en garantías puede ampliar crédito.
Una reforma institucional que aumenta previsibilidad puede reducir la prima de riesgo.
Cada modificación parece pequeña observada separadamente. Durante cuarenta años actúa sobre una base que crece.
Ahí aparece el efecto compuesto.
Dar vida y no quitarla es un imperativo moral. Perjudicar esto último es un daño moral a pueblos enteros.
El dividendo de salir de la crisis
Los próximos cuarenta años pueden medirse mediante dos columnas.
En una estarán los nuevos flujos:
PIB, inversión, salarios, utilidades, exportaciones, recaudación y patrimonio.
En la otra estarán los costos que dejan de producirse:
desempleo, empresas cerradas, capacidad ociosa, ahorro consumido, inversiones postergadas, informalidad, migración económica, costos de reconstrucción y oportunidades perdidas.
Ambas columnas forman parte del beneficio.
La primera mide cuánto producimos.
La segunda mide cuánto preservamos.
Y al final, el daño moral
Si dañamos a quienes sirven al planeta aparece una última cuenta global.
La literatura sobre moral injury estudia las consecuencias de experiencias vinculadas con transgresiones de valores y traición.
Un metaanálisis de 88 estudios publicado en BMJ Open estimó una exposición de 67% a eventos potencialmente moralmente lesivos en las poblaciones ocupacionales estudiadas, 48% a transgresiones de terceros y 46% a experiencias de traición.
La salud mental tiene además una expresión económica agregada. La OMS estima que 15% de los adultos en edad de trabajar tenía un trastorno mental en 2019 y que depresión y ansiedad generan aproximadamente 12.000 millones de jornadas laborales perdidas por año, equivalentes a alrededor de US$1 billón anual de productividad perdida.
Esto, a escala de 5 millones de habitantes de pueblos indígenas (técnicamente definidos como) extremadamente empobrecidos pasa la cuenta.
Una economía que recupera empleo, empresas, inversión y expectativas también reconstruye condiciones para que hogares y personas vuelvan a proyectar y se evite costos y conflictos.
Ese beneficio tarda más en aparecer en las cuentas nacionales.
Durante cuarenta años termina apareciendo en ellas.
Ya lo vivimos los ocho países que hoy partimos de una economía estancada cercana a US$2,06 billones.
El horizonte 2026–2066, si se dialoga hexagonalmente, debe permitir convertir recuperación en acumulación: hogares que forman patrimonio, empresas que reinvierten, territorios que generan activos, Estados que amplían sus bases económicas y proyectos que producen durante décadas.
Ahí está la cuenta de los Estados Unidos del URKU en Los Andes:
cuarenta años convirtiendo costos evitados en inversión, inversión en activos, activos en ingreso e ingreso en patrimonio.
Después de décadas dedicadas a administrar crisis, ya pronto comienza a operar, sobre todo y ante todo, como imperativo moral, la economía de acumular soluciones.




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