
LLORA, PARETO...
- ROBERTO SALAZAR CORDOVA

- hace 2 horas
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Dejar de jugar al Dictador Benevolente
Por Roberto F. Salazar-Córdova
Los Andes tienen un problema político y cultural: por demasiados años hemos jugado a la sucesión de dictadores benevolentes capaces, supuestamente, de reemplazar a los conquistadores auspiciados por los viejos reyes católicos y de ordenar desde arriba aquello que las sociedades no lograban resolver por sí mismas.

No se trata necesariamente de dictadores en el sentido jurídico y político contemporáneo. Sería históricamente incorrecto aplicar sin más esa categoría a incas, monarcas, conquistadores, caudillos, presidentes constitucionales y gobiernos modernos. Se trata de algo más profundo: de la persistencia cultural de una determinada forma de entender el poder.

Una sociedad espera que alguien situado arriba posea suficiente autoridad para organizarla y, al mismo tiempo, confía en que ese alguien sea suficientemente bueno para utilizar esa autoridad en beneficio de los demás.
Ese es el Dictador Benevolente.
La figura es antigua en política y extraordinariamente familiar para los economistas.
Buena parte de la teoría económica utilizó durante décadas, como instrumento analítico, la figura del planificador social benevolente: un agente hipotético que conoce las restricciones de la economía, comprende las preferencias de los individuos, agrega esas preferencias y selecciona una asignación destinada a maximizar el bienestar social. Como modelo puede ser útil. Como sistema político puede ser desastroso.
El Dictador Benevolente tiene un inconveniente fundamental: primero tenemos que encontrarlo. Y después tenemos que conseguir que siga siendo benevolente cuando ya tenga el poder.
Los Andes llevan siglos intentándolo.
Los Incas y la organización del Tahuantinsuyo
Los Incas fueron gobernantes quizá benevolentes desde determinadas interpretaciones contemporáneas de su organización redistributiva. Pero su autoridad no se construyó simplemente mediante consenso.
El Tahuantinsuyo fue un imperio jerarquizado, expansivo y profundamente organizado. Incorporó pueblos mediante alianzas, relaciones de reciprocidad, redistribución, administración territorial y adaptación institucional, pero también mediante conquista, coerción y guerra.
Su conocimiento de los ciclos naturales fue extraordinario. La observación astronómica tenía implicaciones religiosas, agrícolas y políticas. Solsticios, equinoccios, estaciones, ciclos productivos y organización del espacio formaban parte de una cosmovisión en la cual naturaleza, economía, religión y poder estaban estrechamente relacionados.
Pero conocer el movimiento del Sol no era suficiente para gobernar un imperio.
Había caminos, ejércitos, depósitos, sistemas de trabajo, administradores, autoridades territoriales, mecanismos redistributivos y una enorme capacidad de movilización de recursos.
La pregunta resulta entonces inevitable.
¿Los Incas fueron dictadores quizá benevolentes basados en datos sobre el Sol, las estaciones y la producción? ¿O fueron gobernantes cuyo poder, finalmente, estaba respaldado por las armas?
Probablemente ambas dimensiones coexistieron. Y esa combinación entre conocimiento, legitimidad y coerción nos conduce directamente al problema que todavía enfrentamos.
La guerra civil incaica: Huáscar y Atahualpa
Si la legitimidad política hubiera podido resolverse simplemente mediante una cosmología compartida, Huáscar y Atahualpa no habrían tenido que hacerse la guerra.
Pero se la hicieron.
Tras la muerte de Huayna Cápac se desencadenó una crisis sucesoria que terminó enfrentando al poder articulado alrededor de Huáscar desde Cusco con el poder militar septentrional asociado a Atahualpa.
Atahualpa tenía detrás un ejército experimentado y generales de enorme capacidad militar. Sus fuerzas terminaron imponiéndose. En 1532, en la fase final de la guerra y alrededor de la batalla tradicionalmente identificada como Quipaipan, cerca del Cusco, las fuerzas de Huáscar fueron derrotadas y Huáscar terminó prisionero.
Atahualpa había ganado la guerra civil.
Se había convertido, en términos efectivos, en el gobernante vencedor del Tahuantinsuyo.
Y pocas semanas después fue capturado en Cajamarca por los españoles.
La paradoja es extraordinaria.
El vencedor de una guerra por el control de uno de los mayores sistemas políticos que habían existido en América terminó prisionero de una fuerza española numéricamente diminuta frente a los ejércitos que acababan de enfrentarse.
Por supuesto, la conquista fue mucho más compleja que la imagen de unos pocos españoles venciendo solos a millones de indígenas. Existieron alianzas indígenas, rivalidades entre pueblos sometidos o asociados al Tahuantinsuyo, enfermedades, ventajas tecnológicas y militares, caballos, sorpresa táctica, conflictos internos y una crisis política que los conquistadores supieron aprovechar.
Pero existe una enseñanza que trasciende aquella discusión.
Los Andes estaban haciendo la guerra entre ellos cuando llegó alguien más dispuesto a conquistar.
Del imperio incaico a la Corona española
El sistema imperial incaico fue progresivamente reemplazado por otro orden vertical.
La legitimidad dejó de provenir del Inca y pasó a provenir de la Corona, de la monarquía, de la religión cristiana y del complejo orden jurídico e institucional español.
El año 1492 constituye una fecha simbólica extraordinaria para observar ese cambio. No fue el año de la conquista de los Andes. Faltaban todavía cuatro décadas para Cajamarca. Pero fue el año de la caída de Granada y del primer viaje de Cristóbal Colón a América, y por ello representa un punto de referencia razonable para el inicio del gran ciclo histórico hispanoamericano que terminaría alcanzando los Andes.
La nueva autoridad también tenía una explicación para el orden. Tenía religión. Tenía leyes. Tenía instituciones. Tenía conocimiento. Y tenía armas.
Los conquistadores fueron progresivamente sustituidos por administradores, virreyes, audiencias, gobernadores, corregidores y una arquitectura institucional mucho más compleja que la conquista inicial.
Y nuevamente apareció la promesa del poder benevolente.
El Rey debía gobernar con justicia. La Corona debía proteger. El derecho debía ordenar. La Iglesia debía evangelizar. Las autoridades debían administrar.
No tiene sentido reducir tres siglos de historia a una caricatura de buenos y malos. El sistema colonial produjo coerción, explotación, jerarquías y enormes transferencias de riqueza, pero también produjo ciudades, universidades, hospitales, derecho, infraestructura, instituciones, intercambios económicos y una nueva sociedad que terminó siendo distinta tanto de España como del mundo prehispánico.
El asunto importante para este argumento es otro.
Seguíamos esperando que el orden viniera desde arriba.
Las repúblicas andinas y la persistencia del caudillismo
Después llegaron las independencias.
El cambio fue monumental. El soberano dejó de ser el Rey y pasó a ser, constitucionalmente, el pueblo.
Pero cambiar al soberano escrito en un documento resultó mucho más sencillo que cambiar una cultura política acumulada durante siglos.
Las nuevas repúblicas andinas comenzaron rápidamente a producir caudillos, hombres fuertes, guerras civiles, revoluciones, constituciones sucesivas, gobiernos militares, populismos y presidentes providenciales.
Algunos de izquierda. Otros de derecha. Unos con uniforme. Otros mediante elecciones. Unos hablando en nombre de Dios. Otros hablando en nombre del pueblo. Otros hablando en nombre de la revolución. Otros hablando en nombre del mercado. Otros hablando en nombre de los pobres. Otros hablando en nombre del orden. Otros hablando en nombre de la patria.
El relato cambia.
La estructura cultural puede seguir siendo exactamente la misma: entréguenme suficiente poder porque yo sé utilizarlo para hacer el bien. Ese es el Dictador Benevolente.
El problema no es solo político. Aquí aparece una dificultad mayor. El Dictador Benevolente no ha sido solamente una solución política. También ha pretendido ser una solución social, económica, cultural y ambiental.

Lo hemos aprendido dialogando: desde arriba se ha decidido qué producir, qué conservar, qué subsidiar, qué prohibir, qué territorio proteger, qué actividad financiar, qué cultura reconocer, qué comportamiento incentivar y qué modelo de desarrollo considerar legítimo.
El problema es que la realidad no ocurre por partes.
La sociedad no espera a que termine la política para comenzar la economía. La cultura no se detiene mientras resolvemos el ambiente. La producción no desaparece cuando declaramos una prioridad ecológica.
Las comunidades no dejan de tener preferencias porque una autoridad defina un interés superior. Y, sin embargo, buena parte de nuestras instituciones siguen tratando esos problemas como compartimentos separados.
Primero diseñamos una política ambiental.
Después calculamos su costo económico.
Después buscamos legitimidad social.
Después intentamos incorporar la cultura.
Después preguntamos si es políticamente viable.
Ese orden está equivocado.
La realidad ocurre simultáneamente.
P.A.C.E.S.: una sola realidad, cinco dimensiones
Ese es el sentido del marco de equilibrio P.A.C.E.S.
Los datos y la tecnología de la inteligencia artificial tienen benevolencia de verdad, esperanza, y sacrificio suficiente del ego como para cambiarlo todo:
Política
Ambiente
Cultura
Economía
Sociedad

Para los factos, no son cinco políticas diferentes. No son cinco indicadores que deban añadirse al final de un proyecto.
Son cinco dimensiones concurrentes de una misma realidad territorial.
Una decisión política produce consecuencias ambientales. Una decisión ambiental modifica incentivos económicos. Una decisión económica afecta relaciones sociales. Una decisión social puede entrar en conflicto con preferencias culturales. Una decisión cultural puede modificar la factibilidad política de todo lo anterior.
No se puede buscar desde la política una solución ambiental si la cultura la disocia de las soluciones económicas y sociales.
Tampoco puede llamarse sostenible a una solución ambiental que destruye la base económica de quienes viven en el territorio.
Una inversión económicamente rentable puede fracasar si es culturalmente ilegítima.
Una política social puede generar dependencia si no comprende los incentivos productivos.
Y una reivindicación cultural puede resultar difícil de sostener si no incorpora una estructura económica capaz de financiarla.
El problema no es escoger cuál dimensión importa más.
El problema es encontrar combinaciones que puedan sostenerse sobre todas ellas simultáneamente.
Ese es un problema de equilibrio.

¿El problema son los datos?
El valor no es el carbono, la tierra, el capital, o el trabajo: la tecnología es el verdadero cuello de botella.
¡El problema son los datos!
Durante buena parte de nuestra historia hemos intentado gobernar realidades complejas con información incompleta, fragmentada, atrasada, incompatible o inexistente.
Cuando no sabemos, interpretamos.
Cuando no podemos medir, suponemos.
Cuando no podemos verificar, creemos.
Y cuando distintos actores poseen versiones diferentes de una misma realidad, la política termina sustituyendo información por relatos.
El problema comienza cuando el relato ya no intenta explicar los datos, sino que decide cuáles datos estamos dispuestos a aceptar.
Entonces el relato político selecciona la información que confirma su visión.
El relato ambiental deja fuera ciertos costos económicos. El relato económico minimiza externalidades. El relato social ignora determinados incentivos. El relato cultural puede congelar una comunidad en una identidad que quizá la propia comunidad está transformando.
Todos pueden tener razón dentro de su propia dimensión. Y todos pueden estar equivocados respecto del sistema completo.
Por eso, hoy Sierra|ANDES ha dejado atrás la tesis de proveedores globales y evoluciona hacia proveedores ecuatoriales y de base y marca andina, propia.

No avanzamos hacia menos ambiente, sino hacia más realidad.
Sierra|ANDES: de proyecto de carbono a plataforma territorial de datos y cultura
Sierra|ANDES puede haber comenzado alrededor de oportunidades ambientales, carbono, conservación y financiamiento climático.
Pero su evolución natural es otra.
Convertirse en una plataforma territorial centrada en datos, cultura y comunidades.
El carbono puede seguir existiendo.
También el agua.
La biodiversidad.
La producción agropecuaria.
La energía.
La infraestructura.
El crédito.
La nutrición.
El empleo.
El financiamiento.
Pero ninguno de esos activos debe definir por sí solo al proyecto.
Lo que debe definirlo es la capacidad de comprender el territorio.
¿Cuántas familias viven allí?
¿Cómo producen?
¿Cuánto ingresan?
¿Qué consumen?
¿Qué desean conservar?
¿Qué quieren transformar?
¿Qué activos poseen?
¿Qué riesgos enfrentan?
¿Qué oportunidades identifican?
¿Qué valoran culturalmente?
¿Qué soluciones rechazan?
¿Qué soluciones aceptarían?
¿Qué actores tienen capacidad de decisión?
¿Qué actores poseen legitimidad?
¿Qué mercados existen?
¿Qué restricciones impiden crecer?
¿Qué costos de transacción impiden cooperar?
¿Qué acuerdos podrían hacer que todos estén mejor?
Esas preguntas contienen mucho más valor que una tonelada de carbono aislada.
Porque permiten construir muchos proyectos distintos a partir de una misma infraestructura de conocimiento.

De los políticos a las comunidades
Ese giro también modifica el punto de partida de la gobernanza.
Durante demasiado tiempo los proyectos de sostenibilidad hemos pasado pensando en encontrar diálogo con autoridades: Ministerios, Gobiernos locales, Programas, Regulación, Financiamiento público.
Y después hemos intentado insertar a las comunidades dentro de la solución.
La lógica debe invertirse.
Todo comienza con las comunidades.
No porque las comunidades sean infalibles.
No porque el conocimiento local sustituya al conocimiento técnico.
No porque toda preferencia comunitaria deba convertirse automáticamente en política pública.
Sino porque gran parte de la información relevante está allí y tiene legitimidad que se levante desde allí.
Los hogares conocen sus restricciones.
Los productores conocen sus costos.
Las comunidades conocen sus relaciones de confianza.
Las mujeres conocen cargas que muchas veces no aparecen en las estadísticas.
Los jóvenes conocen aspiraciones que cambian con rapidez.
Las empresas conocen mercados.
Las universidades conocen métodos.
Los inversionistas conocen riesgos.
El Estado conoce normas.
Ninguno conoce todo.
Por eso el desafío no es encontrar al actor correcto.
Es conectar actores diferentes.
Lo demás será un resultado: el fin último, pero no el principio. La punta del ovillo es lo clave.

Cross-sector partnerships
Aquí entra la arquitectura de cross-sector partnerships que incorporan las nuevas tecnologías (http://CSPINC.TECH). La comunidad aporta conocimiento territorial, preferencias, legitimidad y capacidad de organización.
La empresa aporta capacidad productiva, comercial y de ejecución.
La academia aporta conocimiento, validación y metodologías.
El inversionista aporta capital y disciplina financiera.
La tecnología aporta capacidad de integración, procesamiento y trazabilidad.
Las organizaciones sociales aportan redes, experiencia y representación.
El Estado aporta normas, reconocimiento jurídico e institucionalización.
Ningún actor debería tener toda la información.
Ninguno debería tener todo el poder.
El objetivo de una alianza al menos hexafonal, intersectorial, cuyo diálogo no es simplemente llevar a todos a una mesa.
Es construir una infraestructura común de datos que permita que las partes negocien sobre una realidad compartida.
Eso cambia la naturaleza de la gobernanza.
La solución es la tecnología
La tecnología deja entonces de ser un accesorio.
Hexagon Toolkit (V3.0) lleva 30 años convirtiendo datos de diálogo en infraestructura institucional.
Hoy, desde la Red Santa Cruz, ya juntamos a marcas andinas, a quienes tienen hexagonalmente: Satélites. Sensores. Sistemas de información geográfica. Bases de datos interoperables. Inteligencia artificial. Modelos económicos. Gemelos digitales. Trazabilidad. Sistemas de monitoreo, reporte y verificación.

Capacidad para integrar información territorial, productiva, ambiental, económica, social y cultural.
La tecnología puede hacer legible una realidad que nuestras instituciones han mantenido fragmentada.
Puede relacionar hogares con territorio.
Producción con ingreso.
Agua con agricultura.
Carbono con conservación.
Nutrición con productividad.
Infraestructura con mercados.
Riesgo con retorno.
Cultura con decisiones territoriales.
Pero hay que imponer un límite claro: el que el Papa ya ha dicho... Debemos Des-Armae la IA. No podemos depender de las potencias tecnológicas y sus empresas globales.
La tecnología no puede convertirse en el siguiente Dictador Benevolente.
Las corporaciones gigantes de la inteligencia artificial no deben decidir qué quiere una comunidad.
Debe dialogarse entre los hexágonos andinos para armar la Red propua, bajo la Santa Cruz, que trabaje codo a codo con técnicos de nuestros pueblos, para ser capaces de generar datos propios, que sran valiosos al registrar y procesar lo que quieren las comunidades.
No debe decidir un tercero global cuál cultura es correcta.
Es cada pueblo el que debe permitir que las preferencias culturales entren en el modelo.
No debe sustituirse el mercado. La tecnología debe ayudar a comprenderlo. La tecnología no debe ser pretensiosa y pensar que puede sustituir la negociación paretiana quebse junta en unanimidad.
Las grandes empresas no deben buscar al.dictador benevolente para reducir sus costos y ganar dinero que le falta a los pequeños productores campesinos. Si no se les entrega datos o productos tecnológicos, cobrar algo ahí es inmoral.
No debe sustituirse la política.
Debe permitirse que la política llegue después de una mejor construcción del equilibrio.

Inteligencia artificial para construir consensos
Aquí aparece una posibilidad completamente nueva.
Hace décadas venimos utilizando redes neuronales, lo que hoy se denomina inteligencia artificial, para trabajar consensos en torno a datos.
No se fabrica el consenso.
No se manipulan preferencias.
No se decide por las personas.
El Diálogo Hexagonal ha servido por décadas para procesar simultáneamente información que antes era prácticamente imposible de integrar.
Hemos mostrado que una comunidad, una empresa, un inversionista, una universidad, una organización social y un gobierno pueden participar en una decisión territorial.
Todos tienen intereses diferentes.
Todos tienen información distinta.
Todos tienen restricciones diferentes.
La inteligencia artificial actual nos ayuda a identificar incompatibilidades.
Podemos detectar dónde un actor está absorbiendo un costo que otro no reconoce.
Podemos identificar externalidades.
Podemos simular escenarios.
Podemos mostrar cómo cambia el resultado si se modifica una variable.
Podemos identificar qué compensación reduce una oposición.
Podemos ayudar a reconocer dónde un conflicto aparentemente ideológico tiene en realidad una causa económica, territorial o informacional.
Y, sobre todo, podemos hacer algo institucionalmente poderoso:
convertir el “no” en información.

Si una comunidad rechaza una solución, la pregunta no debería ser cómo vencerla.
La pregunta debería ser por qué se la rechaza.
Ese dato, al pasar por los 5P, vuelve al sistema.
La solución se modifica.
Se vuelve a medir.
Se vuelve a preguntar.
Y el proceso continúa: Sostenibilidad, Medición y Mediación: S2M...

La lógica de unanimidad
Unanimidad no significa uniformidad.
No significa que todos tengan que pensar igual.
Significa reconocer que la oposición contiene información.
Si un actor dice que no, puede existir una preferencia que no hemos incorporado, un costo no reconocido, un riesgo mal distribuido, una externalidad no internalizada, un derecho amenazado o una restricción que el modelo no había observado.
La lógica de unanimidad busca agotar ese espacio antes de recurrir a la imposición.
No todo podrá resolverse por unanimidad. Existirán conflictos distributivos. Existirán restricciones materiales. Existirán derechos no negociables.
Pero existe una diferencia enorme entre recurrir a la imposición como último mecanismo y utilizarla como primera respuesta cultural.
El objetivo es acercarse a soluciones que puedan ser aceptadas por los actores relevantes porque las razones fundamentales de oposición han sido procesadas.
Eso es convergencia.
Pareto y las soluciones subóptimas
Aquí entra Pareto.
Una asignación es Pareto-eficiente cuando ya no es posible mejorar la situación de alguien sin empeorar la de otro.
Eso no implica justicia.
Tampoco significa que exista una única solución correcta.
Nos permite formular, vía Diálogo Hexagonal con 5P, una pregunta mucho más útil que la tradicional disputa por el poder:
¿existen acuerdos que puedan mejorar la situación de algunos actores sin empeorar la de los demás y que todavía no hemos encontrado porque la información está fragmentada?
Muchas soluciones políticas son subóptimas precisamente por eso.
Se aprueba una política ambiental que impone costos innecesarios.
Se diseña un subsidio que genera incentivos perversos.
Se bloquea una inversión que podría haberse reformulado.
Se destruye una preferencia cultural cuando existía una alternativa compatible.
Se produce un conflicto distributivo que podría haber sido compensado.
La solución del Dictador Benevolente no es la nuestra. Por eso decimos: "Nada con Políticos": eso es ineficiente porque pretende agregar preferencias desde arriba y termina perdiendo información que existe dispersa entre actores.

La tecnología y los datos permiten ampliar el conjunto de soluciones que podemos observar.
Al trabajar "Todo con Comunidades" (de Datos) vía URKU, el marco P.A.C.E.S. lleva pacíficamente a evaluarlas simultáneamente sobre las dimensiones Política, Ambiental, Cultural, Económica y Social.
Los datos entregan 4L: Legitimidad basada en Liderazgo, Legalidad y Libertad.
Sierra|ANDES cambia la lógica de 4L.
No debemos utilizar 4L para ordenar desde arriba una realidad previamente interpretada.
Los datos deben entregarlo.
Los datos permiten identificar liderazgo real.
Permiten reconocer los componentes efectivos de un problema.
Permiten descubrir los temas de interés expresados libremente.
Permiten ordenar prioridades.
Permiten analizar la factibilidad de legitimación.
Permiten identificar qué actores pueden institucionalizar acuerdos.
Permiten estimar tiempos de convergencia por agenda y por actor.
Y permiten conocer las capacidades reales para invertir, ejecutar, producir, transferir o compensar.
Así, 4L no se convierte en una metodología que obliga a la realidad a encajar.
Se convierte en una arquitectura que emerge de la realidad.

La nueva secuencia de URKU-B1
La secuencia tradicional ha sido demasiado parecida durante siglos:
política, decisión, relato, implementación, conflicto.
La nueva secuencia, tras dejar atrás lo global para trabajar desde lo local va a ser distinta.
Comunidad → Datos → Tecnología → P.A.C.E.S. → 4L → Cross-sector partnerships → Consenso → Equilibrio → Política.
Primero la comunidad.
Después los datos.
La tecnología los integra.
P.A.C.E.S. impide volver a fragmentarlos.
4L permite organizar actores, prioridades, capacidades y tiempos.
Las alianzas intersectoriales construyen soluciones.
La inteligencia artificial ayuda a procesar divergencias.
La lógica de unanimidad utiliza la oposición como información.
La convergencia aproxima el equilibrio.
Y recién entonces aparece la política, no de poder, sino de precios.
No para inventar la solución.
Para reconocerla, legitimarla e institucionalizarla, y llevarla a mercado tech vía URKU.
Ese orden importa. EL TOKEN SIGUE SIENDO UN RWA...

Sierra|ANDES como infraestructura de desarrollo comunitario
Visto así, Sierra|ANDES deja de ser simplemente un proyecto ambiental que incorpora comunidades.
Se convierte en una plataforma territorial para el desarrollo comunitario basada en datos, cultura, inteligencia artificial y alianzas intersectoriales.
El proyecto ya no parte del activo.
Parte del territorio.
No parte del carbono.
Parte de la comunidad.
No parte de una solución predeterminada.
Parte de los datos.
Desde esa infraestructura pueden surgir inversores en proyectos ambientales, económicos, sociales, culturales, productivos, financieros o tecnológicos.
El carbono puede ser uno de ellos.
Pero no tiene que ser el centro.
La cultura y los datos sí.
Porque allí se encuentra la información que permite comprender qué puede sostenerse realmente en el territorio.
De una gobernanza de oposición a una gobernanza de datos
Buena parte de nuestra gobernanza andina vieja no está organizada para hacer las paces sino que se regodea alrededor de oposiciones.
Estado contra mercado.
Empresa contra comunidad.
Producción contra ambiente.
Capital contra trabajo.
Desarrollo contra conservación.
Modernidad contra tradición.
Gobierno contra oposición.
Cada problema termina convertido en una disputa por quién consigue imponer su relato.
El resultado suele ser subóptimo.
Alguien gana.
Alguien pierde.
Y quien pierde comienza a trabajar para revertir la decisión.
La gobernanza basada en datos propone algo diferente.
No pregunta primero quién tiene razón.
Pregunta qué está ocurriendo.
No pregunta quién tiene más poder.
Pregunta qué necesita cada actor.
No pregunta quién puede imponer.
Pregunta qué solución puede sostenerse.
Eso es mucho más exigente.
Pero también puede ser mucho más eficiente.

666 años
Y entonces volvemos al comienzo.
Si seguimos así como vamos, para el año 2158, si el mundo andino subsiste, habrán transcurrido 666 años desde 1492.
1492 no fue el comienzo de la conquista de los Andes.
Y 666 no es una categoría científica.
Es una provocación simbólica.
1492 + 666 = 2158.
Para entonces, sinseguimos sin Diálogo de Datos Hexagonales podríamos llevar 666 años intentando resolver el mismo problema:
encontrar una autoridad suficientemente poderosa para imponer el orden y suficientemente benevolente para utilizar ese poder correctamente.
Primero el Inca.
Después el conquistador.
Después el Rey.
Después el Libertador.
Después el caudillo.
Después el General.
Después el Presidente.
Después el revolucionario.
Después el tecnócrata.
Y ahora quizá el mal algoritmo global.
No podemos seguir así:
Siempre cambiando al ocupante.
Siempre conservando el trono.
Dejar de jugar
Existe otra posibilidad.
Dejar de jugar al Dictador Benevolente.
Dejar de pensar que el problema fundamental consiste en encontrar a la persona correcta.
Dejar de comenzar por la política.
Comenzar por la comunidad. De datos, pero comunidad al fin y al cabo.
Dejar de comenzar por el relato.
Comenzar por los datos.
Dejar de utilizar tecnología para concentrar más capacidad de decisión.
Utilizarla para hacer legible la realidad.
Dejar de tratar cultura, ambiente, economía, sociedad y política como sistemas separados.
Integrarlos en P.A.C.E.S., dialogando, hexagonalmente.
Dejar de imponer actores, prioridades y agendas.
Permitir que los datos entreguen 4L.
Dejar de enfrentar sectores.
Construir cross-sector partnerships.
Dejar de considerar la oposición como un obstáculo.
Utilizarla la tecnología como información para invertir con sentido de impacto.
Dejar de aceptar soluciones subóptimas flobales porque son políticamente posibles en los gobiernos locales.
Utilizar inteligencia artificial propia, datos y negociación andina, para ampliar el conjunto de soluciones posibles, nuestras.
Y dejar de pensar que la gobernanza consiste fundamentalmente en decidir quién manda.
El Dictador Benevolente ha sido socialmente insuficiente, económicamente ineficiente, culturalmente invasivo, ambientalmente inconsistente y políticamente insostenible.
Debemos des-armar la IA y dejar atrás las transnacionales de la tech.
Ya vemos que los enlatados tecnológicos están produciendo demasiadas soluciones subóptimas porque pretenden conocer desde grupos ajenos a la paz las preferencias, restricciones e información que en realidad están dispersas entre millones de personas, hogares, comunidades y organizaciones comunitarias de base.
No necesitamos un proveedor que se crea mejor.
Necesitamos uno que debamos necesitarlo menos.
El problema son los datos y la solución instrumental es la tecnología, pero el punto de partida es la comunidad.

La solución es la Red Santa Cruz
Acá, entre los que trabajamos con URKU:
El espacio de equilibrio es P.A.C.E.S.
Los datos entregan 4L.
La arquitectura operativa son las alianzas intersectoriales.
La inteligencia artificial nos ayuda a trabajar consensos alrededor de una realidad compartida.
La unanimidad es una dirección de convergencia.
Y la política, de precios, aparece después, en URKU, para reconocer, legitimar, financiar e institucionalizar aquello que los actores consiguieron construir.
Eso nos libera del susto de la marca.
Eso nos crea liderazgos independientes de los poderes de la vieja política.
La pone a la ley en su lugar.
No elimina el conflicto, pero crea legitimidad.
Lo hace legible a URKU.
No elimina las diferencias, pero dialoga como método.
Permite trabajar con ellas, las comunidades, desde la preinversión.
No elimina el poder, lo desarrolla.
Reduce la necesidad de utilizar voces dictatoriales esquizofrénicas que suplan información que ahora podemos conocer porque la creamos en comunidad.
Ese es el giro de Sierra|ANDES.
Nos tomará tiempo, pero nuestro real ADN@+ es eterno.
Y quizá también sea Ecuador, más que Chile, el centro de una posibilidad pacífica para juntar los Andes.
Dejaremos de esperar al siguiente gobernante institucional o tech global que prometa saber qué es mejor para todos y nos cobre impuestos o facturas sin invertir.
Construiremos comunidades de datos capaces de trabajar sobre realidad, tecnología, cultura y acuerdos intersectoriales.
Y finalmente dejaremos de jugar con quienes escriben mails o dictan normas prevalidos de creerse nuestro Dictador Benevolente.





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