top of page

Sierra

hace 11 minutos
17 min de lectura

LA MONTAÑA QUE GUARDA EL AGUA


Páramos, bosques, nubes y pueblos: la adicionalidad que la Sierra lleva al Pacífico.


Por Roberto F. Salazar-Córdova

Economista


URKU: RWA
URKU: RWA

Hay una manera tradicionalmente simple de mirar una hectárea de tierra: cuánto produce. Papas, pasto, leche, madera, carne o maíz. Y hay otra manera, bastante más completa, de medir qué produce esa misma hectárea cuando forma parte de una montaña, una Sierra y una cuenca. Produce alimentos, pero también participa en la recepción, almacenamiento, infiltración, regulación y entrega de agua; mantiene suelo, carbono y biodiversidad; y forma parte de un sistema que comienza en la atmósfera, continúa en la montaña y termina, a través de ríos y cuencas, en los mares.

Ésa es una manera de leer la geografía de Sudamérica desde el agua. Los mares aportan humedad a la atmósfera; la atmósfera la transporta; las montañas favorecen su condensación como lluvia, llovizna, niebla o nieve; la vegetación y el suelo reciben y regulan esa agua; las quebradas la conducen hacia los ríos; los ríos forman grandes cuencas; y las cuencas la devuelven al Pacífico, al Caribe y al Atlántico. Parte vuelve después a la atmósfera por evaporación y evapotranspiración y el ciclo comienza nuevamente.

La relación puede medirse desde la escala de una parcela hasta la de un continente. Y Panamá ofrece un punto de partida particularmente claro porque allí montaña, cuenca, población, comercio y dos mares aparecen dentro de una misma contabilidad del agua.


Panamá: cuando la montaña mueve el comercio entre dos mares


La Cuenca Hidrográfica del Canal de Panamá comprende actualmente 552.761 hectáreas, equivalentes al 7,32% del territorio nacional, y abarca partes de cuatro provincias, 11 distritos y 62 corregimientos. Dentro de ella viven aproximadamente 318.459 personas, mientras los sistemas asociados a los lagos Gatún y Alhajuela suministran agua a más de la mitad de la población panameña. La misma agua sostiene navegación, consumo humano, generación hidroeléctrica, agricultura, industria y otras actividades económicas.

En el año fiscal 2024 ingresaron a la cuenca 3.827 hectómetros cúbicos de agua, equivalentes a un flujo medio cercano a 121 m³ por segundo. La subcuenca de Alhajuela aportó 1.646 hm³, un 43% del total, mientras Gatún aportó 2.181 hm³, el 57%. Durante el mismo período, las esclusas utilizaron 2.015 hm³, de los cuales 1.943 hm³ correspondieron a esclusajes y 72 hm³ al control de salinidad. Eso representa aproximadamente 5,5 millones de m³ diarios, o 5.500 millones de litros de agua por día.

La economía aparece inmediatamente detrás de esas cifras. En el año fiscal 2025 el Canal registró 13.404 tránsitos, movilizó 489,2 millones de toneladas CP/SUAB, obtuvo ingresos por aproximadamente B/.5.705 millones y realizó aportes directos al Tesoro panameño por B/.2.965 millones. La infraestructura artificial del Canal funciona, por tanto, sobre una infraestructura natural previa: montaña, bosque, precipitación, ríos, lagos y almacenamiento. La Sierra entrega agua a la cuenca; la cuenca permite administrarla; y esa disponibilidad sostiene una conexión comercial entre Caribe y Pacífico.

Panamá permite ver en pocos kilómetros una relación que, hacia el sur, alcanza dimensiones continentales. La montaña recibe y regula agua; los ríos la transportan; las cuencas integran esos flujos y finalmente los entregan a los mares. La pregunta económica consiste en medir cuánto aporta cada componente y durante cuánto tiempo.


De Panamá a Tierra del Fuego: una continuidad de montañas y cuencas


Al avanzar hacia el sur, la cordillera cambia de altura, temperatura, precipitación y cobertura, pero conserva su función como organizadora del agua. Colombia distribuye flujos hacia el Caribe, el Pacífico, el Orinoco y Amazonía. Ecuador divide sus aguas principalmente entre Pacífico y Amazonas. Perú conecta sus cabeceras andinas tanto con ríos cortos de la vertiente pacífica como con grandes tributarios amazónicos. Bolivia participa simultáneamente de Amazonía, del sistema endorreico altiplánico y de la Cuenca del Plata. Chile presenta, a lo largo de buena parte de su territorio, una relación particularmente directa entre Andes, valles y Pacífico. Argentina incorpora aguas andinas a sistemas interiores y a redes que finalmente alcanzan el Atlántico.

A lo largo de ese recorrido aparecen ecosistemas diferentes. Los bosques tropicales y montanos de Panamá, Colombia y Venezuela dan paso a páramos en los Andes septentrionales; hacia Perú y Bolivia aumentan puna, bofedales y humedales altoandinos; Chile y Argentina incorporan vegas, nieve, glaciares, lagos y bosques templados. Cada ecosistema almacena y entrega agua con coeficientes y tiempos propios.

La variable temporal es tan importante como el volumen. Una precipitación puede permanecer horas en la vegetación, días o meses en un suelo orgánico, una estación como nieve y períodos mayores como hielo. La función económica de la montaña consiste, por ello, tanto en recibir agua como en modificar el momento en que esa agua llega a la cuenca. El agua disponible durante una estación seca representa un servicio distinto del mismo volumen disponible durante un período de alta precipitación.

Así, la secuencia Sierra–cuenca–mar no describe solamente una dirección geográfica. Describe una infraestructura natural que transforma un flujo atmosférico irregular en disponibilidades de agua distribuidas espacial y temporalmente.


Del Atlántico a la Amazonía y de la Amazonía a los Andes


Para completar la cuenta sudamericana hay que incorporar el agua que circula por la atmósfera. La investigación reciente denomina Andes–Amazonía–Atlántico, AAA, al sistema hidroclimático que conecta estos tres grandes espacios. El Atlántico tropical constituye la principal fuente oceánica de humedad para Amazonía; los vientos transportan esa humedad hacia el oeste y, durante su recorrido, la evapotranspiración de los bosques devuelve agua a la atmósfera. Finalmente, esas masas de aire encuentran la barrera de los Andes, ascienden y producen precipitación.

La escala es comparable a la de los mayores sistemas fluviales del planeta. La Amazonía devuelve aproximadamente 6.400 km³ de agua por año a la atmósfera mediante evapotranspiración y reciclaje de humedad, mientras el Amazonas descarga aproximadamente 6.600 km³ anuales de agua dulce al Atlántico. Una estimación reciente sitúa esa descarga en 6.642 km³ por año, alrededor del 17,8% de toda el agua dulce fluvial que llega a los océanos, para una cuenca de drenaje cercana a 6,1 millones de km².

La precipitación media amazónica se sitúa alrededor de 2.200 mm anuales y aproximadamente 32% procede de humedad reciclada dentro de la propia cuenca. En sectores de la Amazonía occidental, la proporción puede alcanzar alrededor de 50%, mientras una misma masa de humedad puede reciclarse varias veces antes de alcanzar las estribaciones orientales de los Andes, donde existen zonas con precipitaciones superiores a 6.000 mm por año.

Esto permite comprender el ciclo completo. El Atlántico aporta humedad; Amazonía la recibe y recicla; los Andes inducen precipitación y almacenan una parte de ella; las Sierras entregan agua a ríos y cuencas; y el Amazonas devuelve al Atlántico un volumen anual del mismo orden que el que la selva moviliza hacia la atmósfera. La circulación atmosférica ocurre de este a oeste y la gran circulación fluvial regresa de oeste a este. El agua une ambas.


La Sierra también lleva nutrientes y sedimentos al mar


La relación entre montaña y océano no termina en el agua. Los ríos que nacen en los Andes transportan también minerales, nutrientes y sedimentos que participan en la construcción física y biológica de las llanuras y costas situadas aguas abajo.

La literatura sintetizada para el sistema Andes–Amazonía–Atlántico estima que los Andes originan aproximadamente 90% de los sedimentos transportados por el sistema amazónico; otras estimaciones sitúan la participación andina entre 80% y 93%. El sistema amazónico transporta del orden de 1.200 millones de toneladas de sedimentos al año.

Ese material recorre miles de kilómetros. La pluma amazónica se extiende sobre el Atlántico y el sedimento aportado por el Amazonas participa en la dinámica de aproximadamente 1.500 km de costa de las Guayanas. El agua modifica salinidad y estratificación oceánica; los sedimentos y nutrientes intervienen en ecosistemas costeros y marinos.

La montaña que observamos en Colombia, Ecuador, Perú o Bolivia continúa físicamente aguas abajo. Parte de sus materiales llega a Amazonía, otra parte queda almacenada en planicies inundables y otra alcanza finalmente el Atlántico. Sierra, cuenca y mar son etapas de un mismo sistema.


Ecuador: un laboratorio para medir cómo la montaña guarda agua


La escala continental puede reducirse hasta llegar a una hectárea. Los páramos ofrecen una oportunidad particularmente útil porque la investigación hidrológica acumulada permite observar con detalle la relación entre atmósfera, vegetación, suelo y agua.

Una revisión científica de los recursos hídricos de páramo reunió 147 publicaciones, con Ecuador representando aproximadamente 71% de los trabajos sintetizados. Otra revisión sobre pastizales altoandinos encontró que alrededor de 92% de la investigación hidrológica disponible correspondía a páramos y apenas 6% a punas. Ecuador dispone, por tanto, de una concentración de evidencia que puede utilizarse para desarrollar metodologías y después calibrarlas en otros ecosistemas andinos.

En un páramo del sur ecuatoriano, investigadores de la Universidad de Cuenca registraron una humedad relativa media de 93,6%. Los Andosoles estudiados presentaron densidades aparentes de aproximadamente 0,2 a 0,8 g/cm³, profundidades de 0,5 a 1,1 metros y, en el horizonte superficial analizado, un contenido de materia orgánica de 57,41%. La vegetación presentaba más de 80% de cobertura de pajonales de Calamagrostis y Festuca.

Son magnitudes que explican físicamente la capacidad de regulación. Un suelo con elevada materia orgánica y estructura porosa puede recibir agua, almacenarla y modificar el tiempo durante el cual permanece dentro del sistema. Por eso la función hídrica de una hectárea no puede medirse solamente por la precipitación que recibe; requiere conocer también cobertura, profundidad del suelo, materia orgánica, densidad, porosidad, infiltración y evapotranspiración.


Las nubes forman parte de la infraestructura hídrica


En las montañas ecuatoriales, una parte de esa relación ocurre literalmente dentro de las nubes. Los experimentos realizados en páramo ecuatoriano permitieron distinguir los eventos exclusivamente de niebla de aquellos en que niebla, llovizna y lluvia ligera actúan conjuntamente.

En los primeros, la precipitación efectiva que alcanzó el suelo fue aproximadamente 0,1–0,2 mm por evento. En eventos combinados llegó hasta 4,3 mm. La humedad relativa media del sitio, de 93,6%, muestra además que la vegetación y el suelo funcionan durante largos períodos dentro de una atmósfera próxima a la saturación.

La nube participa también en el balance energético. Investigaciones posteriores encontraron que durante condiciones combinadas de niebla y precipitación la evapotranspiración diaria disminuyó aproximadamente 42% y la radiación neta alrededor de 33%. Para el sitio estudiado, con cerca de 1.210 mm de precipitación anual y aproximadamente 635 mm de evapotranspiración, los autores estimaron que niebla y precipitación combinadas representan entre 77 y 174 mm anuales de evapotranspiración evitada.

Así, la nube aporta a la montaña por dos vías que pueden medirse: incorpora agua directamente y modifica las condiciones bajo las cuales el agua permanece en el sistema. La adicionalidad hídrica puede comenzar precisamente allí, cuantificando cuánto recibe el ecosistema, cuánto almacena y cuánto entrega posteriormente a la cuenca.


Kayambi, Pastos, Kitu Kara y Panzaleo: medir desde el territorio


Los territorios de pueblos como Kayambi, Pastos, Kitu Kara y Panzaleo contienen distintas combinaciones de páramo, bosque, agricultura, ganadería, asentamientos y cabeceras de cuenca. Esa diversidad permite pasar de coeficientes generales a mediciones territoriales específicas.

La metodología puede comenzar comparando hectáreas próximas que reciben condiciones meteorológicas semejantes y presentan coberturas o manejos diferentes. En cada una pueden medirse precipitación, humedad del suelo, materia orgánica, densidad aparente, infiltración, evapotranspiración, carbono, biodiversidad y productividad. Después, las mediciones de parcela pueden relacionarse con caudales observados en la microcuenca.

La literatura sobre cambio de uso del suelo en páramos identifica precisamente materia orgánica, porosidad, densidad aparente, conductividad hidráulica, infiltración y capacidad de retención como variables que explican diferencias en la regulación hídrica. La magnitud de cada efecto depende del suelo, la pendiente, la cobertura y la intensidad de manejo, lo que convierte la medición local en parte central de la valoración.

La producción territorial puede entonces expresarse de una forma más completa. Una hectárea puede producir leche o alimentos y, simultáneamente, participar en almacenamiento de agua, regulación de caudales, mantenimiento de carbono del suelo y biodiversidad. La economía puede registrar ambas dimensiones sin sustituir una por otra.


Perú y Bolivia: medir puna y bofedal con coeficientes propios


Al avanzar hacia Perú y Bolivia cambia la ecología y debe cambiar también la medición. Puna, bofedales, vegas, lagunas altoandinas, nieve y glaciares operan bajo condiciones de precipitación, temperatura y estacionalidad distintas de las del páramo húmedo ecuatorial.

La propia distribución de la literatura muestra una agenda científica. Mientras aproximadamente 92% de los estudios hidrológicos sintetizados sobre pastizales altoandinos se concentraban en páramos, solamente 6% correspondían a punas.

En territorios Quechua y Aymara pueden construirse coeficientes propios midiendo precipitación, evapotranspiración, humedad del suelo, profundidad de la napa, almacenamiento en bofedales, caudal, carbono orgánico, biodiversidad y producción. La comparación temporal permite establecer cuánto almacena cada ecosistema y cuándo entrega esa agua a su cuenca.

La unidad común entre Ecuador, Perú y Bolivia no necesita ser una vegetación idéntica. Es la función dentro de la cuenca. Un páramo ecuatoriano y un bofedal boliviano pueden tener propiedades físicas diferentes y, al mismo tiempo, ser comparables económicamente mediante la cantidad, calidad y temporalidad de los servicios que producen.


Chile y Argentina: la Sierra almacena también tiempo


En los Andes de Chile y Argentina, nieve y hielo incorporan otra escala temporal. El agua recibida durante una estación puede permanecer almacenada y entrar a la cuenca meses después. Lagos, vegas, humedales y bosques añaden otros tiempos de residencia, mientras los ríos conectan las montañas con valles agrícolas, ciudades, sistemas productivos y finalmente con el Pacífico o el Atlántico.

La investigación chilena proporciona evidencia de que esos efectos pueden medirse durante períodos largos. Un experimento de 14 años en cuatro pequeñas cuencas de entre 3 y 5 hectáreas del centro-sur de Chile estudió la respuesta hidrológica asociada al reemplazo de Eucalyptus globulus mediante restauración de bosque nativo. El sitio registraba una precipitación media cercana a 2.500 mm anuales.

Durante los primeros nueve años de regeneración, el caudal anual aumentó entre aproximadamente 40% y más de 100% durante la mayoría de los años estudiados, mientras el caudal base aumentó entre 28% y 87% respecto del período anterior. Los coeficientes corresponden específicamente a esas pequeñas cuencas y a esas condiciones; su valor para el resto del continente está en demostrar que la respuesta hídrica puede observarse antes, durante y después de una intervención durante más de una década.

La metodología es directamente trasladable, con parámetros locales, a otras cuencas: establecer una línea base, medir el sistema, intervenir, continuar midiendo y comparar los resultados. La diferencia verificable es adicionalidad.


Amazonía: el agua de los pueblos del bosque también llega a los Andes


Los territorios Achuar, Waorani y de numerosos pueblos amazónicos forman parte de una infraestructura hídrica diferente de la del páramo, pero conectada con ella. Allí adquiere especial importancia la evapotranspiración del bosque y su contribución al reciclaje atmosférico de humedad.

Con aproximadamente 6.400 km³ de agua movilizados anualmente desde la superficie amazónica hacia la atmósfera, una precipitación media cercana a 2.200 mm y alrededor de 32% de reciclaje interno de humedad, la función hídrica del bosque tiene escala continental. Parte de esa humedad vuelve a precipitar sobre Amazonía, parte alcanza los Andes y otra parte es transportada hacia el sur.

Los Andes, a su vez, modifican la circulación atmosférica y redirigen parte del flujo de humedad hacia Brasil central y la Cuenca del Plata. La evidencia sintetizada estima que aproximadamente 24% de la precipitación de la Cuenca del Plata procede de humedad reciclada desde Amazonía; en Pantanal la proporción puede alcanzar alrededor de 20%.

Esto permite integrar territorios amazónicos y andinos dentro de una misma contabilidad sin hacerlos ecológicamente equivalentes. En el páramo medimos almacenamiento y regulación del suelo; en Amazonía medimos, entre otras variables, evapotranspiración y reciclaje atmosférico. Son funciones distintas dentro del mismo ciclo continental.


Brasil y las Guayanas: donde las cuencas vuelven al Atlántico


Brasil constituye el gran espacio de articulación oriental entre Amazonía, Pantanal, Paraná, Paraguay y Atlántico. Guyana, Surinam y Guayana Francesa agregan los sistemas forestales y fluviales del Escudo Guayanés y prolongan hacia el norte la fachada atlántica sudamericana.

El Amazonas muestra físicamente hasta dónde puede llegar el efecto de las Sierras. Su pluma de agua dulce se extiende miles de kilómetros sobre el Atlántico y modifica salinidad, estratificación y circulación oceánica. Los sedimentos transportados por el sistema amazónico, en gran proporción originados en los Andes, participan además en la dinámica de aproximadamente 1.500 km de costa de las Guayanas.

La secuencia continental adquiere así continuidad. El Atlántico aporta humedad; Amazonía la recicla; los Andes reciben una parte mediante precipitación; las Sierras la incorporan a suelos, bosques, páramos, punas y sistemas de nieve; los ríos vuelven a integrarla; y finalmente las grandes cuencas la entregan nuevamente al Atlántico, al Caribe o al Pacífico.


La Cuenca del Plata: cinco países dentro del mismo sistema de agua


La Cuenca del Plata ofrece otra demostración de que la unidad hídrica puede ser mayor que el país. Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay comparten aproximadamente 3,18 millones de km² de cuenca, cerca de 17% de la superficie sudamericana, donde viven alrededor de 111,4 millones de personas. Más de 70% del PIB conjunto de esos cinco países se genera dentro de ese espacio hidrográfico.

Sus principales sistemas son Paraguay, Paraná y Uruguay. El Paraná recorre aproximadamente 4.300 km, el Paraguay alrededor de 2.500 km y el Uruguay unos 1.600 km. Finalmente, el Río de la Plata entrega al Atlántico un caudal medio aproximado de 25.000 m³ por segundo.

La integración ocurre además por la atmósfera. Si aproximadamente 24% de la precipitación de la Cuenca del Plata procede de humedad reciclada desde Amazonía, entonces la producción hídrica de un bosque situado miles de kilómetros al norte participa en el balance de agua de territorios brasileños, paraguayos, bolivianos, uruguayos y argentinos.

La cuenca recibe, integra y entrega. El mar completa el circuito.


Sudamérica: 5 + 5, Brasil y las Guayanas conectados por cuencas


Esta geografía permite mirar Sudamérica con la lógica de integración que venimos planteando. Por el eje andino-pacífico, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile forman una continuidad longitudinal de montañas, cabeceras, agricultura, ciudades, minería, energía y puertos. Hacia el Caribe, Atlántico y Plata, Venezuela, Argentina, Paraguay y Uruguay, junto con las conexiones continentales de Orinoco, Amazonía y Plata, forman otra red de salida y circulación. Brasil constituye el gran articulador territorial del este, mientras Guyana, Surinam y Guayana Francesa completan la fachada nororiental atlántica. Panamá, al norte, enlaza esta lectura sudamericana con Centroamérica, Caribe y Pacífico.

La utilidad de esta arquitectura está precisamente en la diversidad. Panamá aporta una cuenca donde el agua puede relacionarse directamente con navegación interoceánica y abastecimiento humano. Los Andes ecuatoriales aportan conocimiento sobre páramo y nube. Perú y Bolivia incorporan puna y bofedales. Chile y Argentina agregan nieve, hielo, vegas y sistemas australes. Amazonía aporta reciclaje atmosférico a escala continental. Brasil articula Amazonía, Pantanal y Plata. Las Guayanas muestran dónde agua y sedimentos de origen continental vuelven al Atlántico.

No necesitamos un coeficiente único para Sudamérica. Necesitamos un lenguaje común de medición que permita agregar resultados físicamente diferentes sin confundirlos.


Los pueblos como parte de la infraestructura territorial


La misma arquitectura incorpora a los pueblos que habitan y administran esos territorios. Guna en Panamá; pueblos de las cordilleras colombianas y venezolanas; Pastos, Kitu Kara, Kayambi y Panzaleo en Ecuador; pueblos Quechua de Ecuador, Perú y Bolivia; Aymara de Perú, Bolivia, Chile y Argentina; Achuar y Waorani en Amazonía; pueblos amazónicos de Brasil y las Guayanas; y Mapuche en Chile y Argentina ocupan ecosistemas distintos y participan de cuencas distintas.

Una estación meteorológica puede medir precipitación durante décadas y un satélite puede observar cambios de cobertura sobre millones de hectáreas. Los sensores pueden registrar humedad cada pocos minutos y los laboratorios medir carbono y materia orgánica. Sin embargo, los resultados ambientales de largo plazo incorporan otra variable: la permanencia del manejo territorial.

Eso permite considerar la gobernanza como parte de la infraestructura económica del capital natural. La comunidad que mantiene una cabecera de cuenca participa en la producción de regulación hídrica; la que conserva bosque amazónico participa en el reciclaje atmosférico; la que administra un bofedal interviene en almacenamiento altoandino; y la que restaura bosque puede producir variaciones medibles en caudal, suelo, carbono y biodiversidad. Los beneficios pueden asociarse a resultados verificables y no solamente a superficie.


Agua, Biodiversidad y Carbono dentro de las cuencas


El carbono nos proporcionó una disciplina que puede extenderse al territorio: construir una línea base, medir, monitorear, reportar y verificar adicionalidad. La contabilidad puede organizarse inicialmente alrededor de tres activos —Agua, Biodiversidad y Carbono, ABC— y observarlos dentro de dos dimensiones que determinan su función económica: Cuenca y Tiempo.

Una tonelada de CO₂e puede compararse internacionalmente mediante metodologías estandarizadas. El agua exige información adicional. Un metro cúbico disponible en estación seca tiene una función diferente del mismo metro cúbico durante una crecida; un milímetro almacenado en la cabecera puede modificar el momento en que el agua llega a un valle; y un bosque amazónico puede contribuir al agua de otra región mediante transporte atmosférico.

Por eso la cuenta territorial debe conservar las unidades físicas de cada activo. Carbono en toneladas de CO₂ equivalente; agua en milímetros, metros cúbicos, caudal y tiempo de almacenamiento; biodiversidad mediante indicadores ecológicos; suelo mediante carbono orgánico, materia orgánica, densidad e infiltración; y producción mediante unidades físicas e ingresos.

La cuenca permite integrarlos sin convertirlos artificialmente en una sola magnitud.


La adicionalidad que podemos medir


La adicionalidad territorial puede definirse como la diferencia entre el resultado observado con una intervención y la trayectoria establecida en su línea base. En lugar de limitar la comparación a carbono, podemos medir simultáneamente variaciones en agua almacenada, infiltración, caudal base, carbono del suelo, materia orgánica, biodiversidad, cobertura, evapotranspiración y producción.

La escala también importa. Una intervención ocurre en una parcela, pero parte de su resultado puede observarse en una microcuenca; varias microcuencas forman una cuenca mayor y los grandes sistemas fluviales terminan llevando sus flujos hacia el mar. La medición puede organizarse, por tanto, desde parcela a microcuenca, de microcuenca a cuenca y de cuenca a sistema fluvial.

Eso permite construir una adicionalidad que sea territorialmente trazable. La pregunta deja de ser solamente cuántas toneladas de carbono conserva una hectárea y pasa a incluir cuánto agua recibe, cuánto almacena, durante cuánto tiempo, cuánto entrega a la cuenca, qué biodiversidad mantiene y qué producción permite sostener.


Del MRV de carbono al dMRV de ABC por cuenca


La tecnología necesaria ya existe. Los satélites permiten observar cobertura, índices de vegetación, humedad y temperatura superficial; las estaciones meteorológicas registran precipitación, temperatura, humedad relativa, radiación y viento; los sensores de suelo producen series continuas de humedad y temperatura; los aforadores registran caudales; y los laboratorios cuantifican carbono, materia orgánica, densidad, textura y nutrientes.

La integración de esas fuentes permite construir un dMRV —digital Measurement, Reporting and Verification— territorial y de cuenca. La contabilidad deja de terminar en tCO₂e por hectárea y año y puede incorporar metros cúbicos de agua, milímetros de precipitación, días de almacenamiento, caudal base, carbono del suelo, biodiversidad, hectáreas, familias, producción, ingreso y permanencia.

Ya existen piezas de esa infraestructura de conocimiento. Panamá contabiliza sus entradas y usos de agua en hm³; Ecuador dispone de mediciones de niebla, humedad, evapotranspiración y suelo; Amazonía puede analizarse mediante flujos atmosféricos de miles de km³; la Cuenca del Plata integra información sobre más de 3 millones de km²; y experimentos chilenos han seguido durante 14 años la respuesta hidrológica de pequeñas cuencas.

El paso siguiente consiste en conectar las escalas.


La Sierra produce hacia la cuenca y la cuenca hacia el mar


Volvamos entonces a la hectárea del comienzo. Una parcela agrícola produce alimentos; un páramo participa en almacenamiento y regulación hídrica; un bosque amazónico devuelve humedad a la atmósfera; un bofedal administra agua en altura; la nieve traslada disponibilidad entre estaciones; un glaciar almacena agua durante períodos mayores; un bosque templado modifica el balance hídrico de su cuenca; y una comunidad aporta permanencia al manejo del territorio.

Las cifras muestran la escala de esa infraestructura. Panamá registró 3.827 hm³ de aportes hídricos a la cuenca del Canal en 2024. Amazonía moviliza aproximadamente 6.400 km³ anuales de agua hacia la atmósfera, mientras el Amazonas entrega alrededor de 6.600 km³ al Atlántico. Los Andes originan aproximadamente 90% de los sedimentos del sistema amazónico. La Cuenca del Plata comprende 3,18 millones de km², reúne aproximadamente 111,4 millones de habitantes y entrega alrededor de 25.000 m³/s al Atlántico. En el extremo local de la escala, un páramo ecuatoriano permite medir 93,6% de humedad relativa, 57,41% de materia orgánica superficial y hasta 4,3 mm de precipitación efectiva durante determinados eventos combinados de nube y precipitación.

Son escalas distintas de la misma cuenta. Sudamérica dispone de montañas, bosques, páramos, punas, bofedales, nieve, glaciares, humedales y grandes ríos; dispone además de estaciones, sensores, satélites, series hidrológicas, capacidad científica y comunidades que administran los territorios donde comienza buena parte del ciclo continental del agua. La oportunidad consiste en integrar esas capacidades para establecer cuánto recibe cada Sierra, cuánto almacena, cuánto regula, cuánto entrega, durante cuánto tiempo y quién recibe ese servicio aguas abajo.

Desde Panamá hasta Tierra del Fuego, y desde los Andes hasta Amazonía, Brasil, las Guayanas y el Plata, la geografía muestra una secuencia continua. Las Sierras reciben y guardan agua; los ecosistemas regulan su tránsito; los ríos la incorporan a las cuencas; las cuencas la conducen hacia el Pacífico, el Caribe y el Atlántico; y los mares vuelven a alimentar la atmósfera que llevará nuevamente humedad hacia el continente.

La economía puede comenzar a medir ese circuito completo. Agua, Biodiversidad y Carbono ofrecen tres primeras cuentas; Cuenca determina dónde se integran; Tiempo determina cuándo prestan el servicio; y la adicionalidad permite identificar cuánto resultado aporta una intervención concreta.

Ésa es la cuenta que sigue: medir cuánto produce mantener funcionando la naturaleza que mantiene funcionando las cuencas.

Porque las Sierras llevan el agua a las cuencas, las cuencas la llevan a los mares y los mares vuelven a llevarla hacia las Sierras.

Ahí comienza, y vuelve a comenzar, la montaña que guarda el agua.


Roberto F. Salazar-Córdova

Economista


Referencias

Beveridge, C. F. et al. (2024). The Andes–Amazon–Atlantic pathway: A foundational hydroclimate system for social–ecological system sustainability. Proceedings of the National Academy of Sciences, 121(22), e2306229121.

Berrones, G., Célleri, R., Wilcox, B. P., Ochoa-Sánchez, A. & Crespo, P. (2022). Importance of Fog and Cloud Water Contributions to Soil Moisture in the Andean Páramo. Hydrology, 9(4), 54.

Berrones, G. et al. (2024). Variability in evapotranspiration in the Andean páramo as influenced by fog and rainfall. Ecohydrology, 17, e2612.

Ochoa-Tocachi, B. F. et al. (2022). Progress in understanding the hydrology of high-elevation Andean grasslands under changing land use. Science of the Total Environment, 804, 150112.

Mosquera, G. M. et al. (2023). Frontiers in páramo water resources research: A multidisciplinary assessment. Science of the Total Environment, 892, 164373.

Patiño, S. et al. (2021). Influence of land use on hydro-physical soil properties of Andean páramos and its effect on streamflow buffering. CATENA, 202, 105227.

Lara, A., Jones, J., Little, C. & Vergara, N. (2021). Streamflow response to native forest restoration in former Eucalyptus plantations in south central Chile. Hydrological Processes, 35(8).

Autoridad del Canal de Panamá (2024). Annual Report FY2024 — Water Resources. Autoridad del Canal de Panamá.

Autoridad del Canal de Panamá. Cuenca Hidrográfica y Agua. Panamá.

Comité Intergubernamental Coordinador de los Países de la Cuenca del Plata. Cuenca del Plata: países miembros, extensión, población y sistema hidrográfico. CIC Plata.

Fassoni-Andrade, A. C. et al. (2025). Investigación sobre descarga, transporte de sedimentos y funcionamiento hidrogeomorfológico de la cuenca amazónica.

Science Panel for the Amazon. Biogeophysical Cycles: Water Recycling and Climate Regulation. Síntesis científica sobre reciclaje de humedad amazónica y transporte atmosférico hacia los Andes y la Cuenca del Plata.


El Sky Costanera desde Peñalolén. Foto: Autor.
El Sky Costanera desde Peñalolén. Foto: Autor.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
USD 4600

Ecuador y la recompra de deuda externa: lectura técnica, costos, beneficios y efectos reales sobre bienestar Roberto F. Salazar-Córdova www.adnplus.co.uk Introducción Ecuador ha ejecutado una operació

 
 
 
MINERIA Y ENERGIA EN ECUADOR

ECUADOR, OPEN 4 BUSINESS... Se resume a continuación la presentación del panel. JUAN CARLOS BERMEO: MINISTRO DE ENERGÍA Y RECURSOS NATURALES DE ECUADOR "Ecuador está listo". En las áreas de Petróleo,

 
 
 

Comentarios


bottom of page