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De CUERO VS CAICEDO a Cuero y Caicedo

Cuero y Caicedo: obra, mérito y comunidad para hacer las paces en los Andes


 Roberto F. Salazar-Córdova — ADN@+ | Hexagon Group Lat-Am / UK-Global
 Roberto F. Salazar-Córdova — ADN@+ | Hexagon Group Lat-Am / UK-Global


Toda sociedad madura aprende a distinguir entre el escándalo y la obra. El primero captura atención inmediata; la segunda construye futuro. Ecuador ha sido recientemente testigo de un episodio que volvió a instalar el apellido Cuero en la conversación pública a partir de una confrontación ampliamente difundida en redes sociales entre un asambleísta y miembros de las Fuerzas Armadas.


Cuero
Cuero

La viralización transformó un hecho puntual en tema nacional, recordando cuán frágil puede volverse la confianza cuando la autoridad aparece asociada al conflicto visible.


Sin embargo, la historia enseña que los países avanzan cuando deciden no quedarse en el escándalo. La coyuntura puede ser ruidosa, pero la memoria colectiva termina organizándose alrededor de las obras que agregan valor social. Por eso conviene dar un paso atrás, ampliar la perspectiva y preguntar con serenidad: ¿qué nombres han construido realmente comunidad en los Andes y cuáles representan trayectorias que vale la pena proyectar?


Cuero y Caicedo
Cuero y Caicedo

El contraste conduce inevitablemente a dos figuras separadas por siglos pero unidas por una enseñanza estructural: José de Cuero y Caicedo, arquitecto institucional del Quito emancipador, y Moisés Caicedo, referente contemporáneo del mérito profesional ecuatoriano.


Caicedo
Caicedo

Para entender la dimensión histórica es necesario situarse en el siglo XVIII tardío y comienzos del XIX, cuando América transitaba desde el orden imperial hacia la búsqueda de autogobierno. En ese contexto nació, se formó y actuó José de Cuero y Caicedo (1735–1815), sacerdote, doctor en teología, jurista y posteriormente obispo de Quito. Su educación correspondía al más alto estándar intelectual de la época, en un tiempo en que el liderazgo requería dominar tanto el pensamiento filosófico como la organización institucional.

Su obra no se mide por discursos encendidos ni por protagonismos personales, sino por una tarea mucho más compleja: organizar poder sin destruir comunidad.

Tras la crisis política que se abrió en Quito en 1809, el territorio enfrentaba un dilema que ha acompañado a toda transición histórica: la libertad sin estructura podía derivar en fragmentación. Era necesario convertir la aspiración emancipadora en reglas compartidas capaces de sostener convivencia.

Ahí emerge Cuero y Caicedo como figura de equilibrio.

En 1811 fue llamado a presidir el Estado de Quito, en un entorno marcado por tensiones militares, incertidumbre económica y disputas de legitimidad. Gobernar en ese momento no era administrar estabilidad; era impedir que la sociedad se desintegrara antes de nacer como comunidad política autónoma.

El acto más significativo de su liderazgo fue la conducción del proceso que culminó en el Pacto Solemne de Sociedad y Unión de 1812, uno de los textos constitucionales más tempranos de Hispanoamérica. Este documento establecía principios de representación, delineaba la organización de poderes y proponía un marco de soberanía territorial.


Sin Malas Palabras. Por la Nación
Sin Malas Palabras. Por la Nación

No fue simplemente un ejercicio jurídico. Fue un gesto civilizatorio:


Pacto Solemne de Sociedad y Unión del Estado de Quito (1812) — resumen en 10 puntos

  1. Soberanía del pueblo: La autoridad política emana de los habitantes del Estado de Quito, quienes se reconocen como comunidad con capacidad de autogobierno.

  2. Ruptura del orden colonial: Se establece una forma de organización autónoma frente al dominio español, afirmando el derecho a estructurar un gobierno propio.

  3. Religión oficial: La religión católica es declarada fundamento espiritual del Estado y elemento de cohesión social.

  4. Representación política: Se dispone la elección de representantes para integrar el cuerpo legislativo, buscando que las provincias participen en las decisiones públicas.

  5. División de poderes: Se organiza el gobierno en funciones diferenciadas —legislativa, ejecutiva y judicial— para evitar la concentración del poder.

  6. Legalidad como base del orden: Toda autoridad queda sujeta a normas previamente establecidas, consolidando la primacía del derecho sobre la arbitrariedad.

  7. Protección del bien común: El objetivo central del Estado es resguardar la seguridad, la justicia y el bienestar colectivo.

  8. Unidad territorial: Las provincias se integran bajo un mismo pacto político, promoviendo cooperación y estabilidad interna.

  9. Responsabilidad de los gobernantes: Los funcionarios deben actuar conforme a la ley y responder por sus actos ante la comunidad política.

  10. Defensa del Estado: Se reconoce la necesidad de proteger la organización naciente frente a amenazas externas o internas, asegurando su continuidad.

Idea estructural del Pacto: convertir el deseo de libertad en arquitectura institucional. No se trató solo de independizarse, sino de organizar comunidad mediante reglas compartidas, una lección que sigue vigente para cualquier proyecto de paz territorial en los Andes.


Con el 9 y 10, Cuero estaría muy complicado. Con los 10, Caicedo sería presidente.


¡Viva Quito!


Cuero y Caicedo comprendió algo que sigue siendo válido dos siglos después: la libertad necesita arquitectura institucional para sobrevivir. Sin reglas, la sociedad se dispersa; con reglas legítimas, la comunidad se reconoce como proyecto común.


Su estilo fue el de la mediación. No gobernó desde la imposición, sino desde la articulación de voluntades diversas —élites locales, clero, autoridades civiles y sectores emergentes— evitando que la diferencia derivara en ruptura. En lenguaje contemporáneo, podría afirmarse que practicó una forma temprana de gobernanza territorial.


Esa es su gran obra: haber entendido que el poder solo adquiere sentido cuando organiza comunidad.


CAICEDO


Más de doscientos años después, otro nombre proyecta al Ecuador hacia el mundo desde un campo distinto, pero con una lógica sorprendentemente convergente: Moisés Caicedo.

Nacido en 2001 en Santo Domingo, creció en un hogar numeroso donde el esfuerzo cotidiano era parte de la vida. Su ingreso a las divisiones formativas de Independiente del Valle lo situó en uno de los modelos de desarrollo juvenil más rigurosos del continente, donde la formación deportiva se combina con educación y disciplina personal.

Su ascenso fue rápido porque estuvo basado en variables observables: rendimiento, consistencia y aprendizaje continuo.

El mediocampo —la posición que ocupa— es el corazón estratégico del fútbol moderno. Desde allí se recupera el balón, se ordena el equipo y se proyecta el ataque. No es un lugar para el brillo efímero; es el espacio donde se sostiene la estructura colectiva.

Esa característica convierte su juego en una metáfora social poderosa.

Cada partido exige lo mismo que exige el desarrollo de un país: corregir errores sin detenerse, mantener equilibrio bajo presión y avanzar siempre hacia adelante. Su transferencia al fútbol europeo confirmó el crecimiento del talento ecuatoriano en mercados altamente competitivos, donde el valor se ajusta permanentemente al desempeño.

Pero el dato más relevante no es financiero; es cultural.

Caicedo representa una forma de liderazgo silencioso: entrenar más que declarar, cooperar más que figurar, persistir más que reaccionar. Cada actuación sólida fortalece la reputación internacional del Ecuador y demuestra que el capital humano disciplinado es uno de los activos más importantes de una nación.

Cuando se colocan estas dos trayectorias en perspectiva —la del organizador institucional y la del profesional del mérito— emerge una conclusión clara: los países prosperan cuando trasladan su admiración desde el escándalo hacia la obra.

El contraste contemporáneo refuerza esa idea. Permanecer atrapados en episodios de confrontación ofrece réditos momentáneos de visibilidad, pero no construye estructura social. La comunidad, en cambio, se fortalece cuando reconoce ejemplos que agregan valor colectivo.


PACES


Aquí adquiere sentido el marco PACES —Política, Ambiente, Cultura, Economía y Sociedad—, que propongo como sistema de lectura territorial. Hacer las paces en los Andes implica integrar estas cinco dimensiones de manera coherente, transformando coexistencia en cooperación.

José de Cuero y Caicedo trabajó sobre la dimensión política y social al crear reglas de convivencia.

Ñ

Moisés Caicedo fortalece la dimensión cultural y económica al proyectar excelencia profesional.

Ambos recuerdan que la verdadera infraestructura de un país es la comunidad.

De esta lectura surge una definición necesaria para el presente: las sociedades avanzan cuando aprenden a dejar atrás lo que no sirve —la improvisación, el conflicto estéril, la pérdida de templanza— y a multiplicar aquello que genera orgullo compartido: institucionalidad, mérito, disciplina y cooperación.


  • El poder pasa.

  • La obra permanece.

  • El ejemplo inspira.

  • Por eso la dirección es nítida.


Nada con políticos cuando reducen el horizonte al conflicto.


Todo con comunidad cuando organiza futuro, como lo hizo Cuero y Caicedo en la historia.


Todo con mérito sostenido, como lo muestra Moisés Caicedo cada vez que entra a la cancha.

Los Andes poseen una reserva histórica suficiente para elegir bien sus referentes. Cada generación decide si invierte su energía en el ruido o en la construcción.

La invitación es simple y exigente a la vez: ser más como aquello que nos enorgullece y dejar atrás aquello que retrasa.

Como en el mediocampo de élite, se trata de recuperar, ordenar y avanzar.

Adelante siempre.

 
 
 

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