
Requiem
- ROBERTO SALAZAR CORDOVA

- hace 1 día
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El Abuelo
Es triste ver partir a grandes hombres.
Esta semana se fueron tres abuelos que no se conocían entre ellos, pero cuyas vidas seguro les juntaron entre sí.
Por sus vidas sé que están con Dios, y cuentan con una eternidad de tiempo para encontrarse y ser felices en una amistad de valores.
Sí: sé por fé que Carlos, Pepe y Juan Gastón serán amigos eternos, con sus familias y la mía, cuando a todos nos llegue el tiempo de resumir y reunirnos.
Ellos se adelantaron, como buenos abuelos que fueron y siguen siendo. A mí, Dios mediante, me falta un trecho.

Carlos
Mi Doctor Carlín era amigo y familia. Tío de mi amada esposa, papá de mis primos-hermanos, no por lazo de sangre sino de la adultez desde la que lo conocí, siendo vecinos después, caminantes de nuestras calles, y comentaristas de las noticias cuando ocasionalmente cuidaban, en su nido ya vacío, de abuelos, con la Tía Nata, a mis hijas, si por A ó B no llegábamos con mi flaca a tiempo para que las deje en casa el bus del colegio. Para mis hijas era como un abuelo. Para mí era más que un tío: un amigo. Siento su pérdida tanto como cuando partió la tía Nata, hermana de mi queridísima suegra. Les abrazo a mis primos que son como hermanos de mi señora. A la distancia, hasta nuestro Quito eterno.
Pepe
Con Pepe no fuimos amigos, ni cercanos personalmente. Fuimos lo que se diría “conocidos”. Su grandeza trascendió y trasciende a través de su legado y sobre todo, del poder de la capacidad de hacer amigos y enseñar a sus hijos, mis compañeros y amigos, ellos sí, el valor de la amistad. Mis padres podían haber sido mis abuelos; Pepe podría haber sido amigo de Emilio, mi padrinísimo fallecido hermano mayor, pero no: fue íntimo de mi padre espiritual, el queridísimo Suco Ribas. Hombre de montaña. Animador de liderazgos del querido Club San Gabriel. Un grande y admirado Montañero. En mi tiempo de adolescencia dejé de subirme a las montañas para subirme a los autos con los amigos y no pude seguir su recorrer de la Sierra y los Andes más, sino que anduve por las calles del Quito moderno y nuestro común barrio de juventud: la Rumipamba, la Vasco de Contreras, la Mañosca, la Brasil, la Granda Centeno, el Tennis, la Murgeón, y claro, la Amazonas: el tontódromo. Allí nos “topábamos” los de mi generación: en los parques y avenidas. Una pena no haber podido seguir subiendo montañas para ser más amigo también del padre del Pepe, el Toñito y Juan, andinistas también, farristas igual, grandes amigos a quienes abrazo junto a los suyos, incluido el pequeño Antonio José, su nieto y compañero de aulas de mi amada hija menor.
Juan Gastón
A El no lo conocí, pero por mi bebé chica y pronto colega profesional ya, a quien sí conoció, El, acá, en Chile, como un abuelo en nuestra segunda patria y nuestro amado Santiago, lo he conocido en su velorio. Acompañamos con mi queridísima esposa a su familia junto a nuestras hijas. Fue, presenciamos, un gran hombre de armas y montaña. Las gaitas y las salvas lo acompañaron junto a su promoción en la despedida, como brigadier mayor de sus montañeros propios que comandó junto al ejército y la artillería, con su especialización montañera en España, el país de mi gran montañero alpinista y andinista también, el Suco Ribas de Reyna. Lo despidió también una Cueca (“Chile Chile Lindo”…) tocada a 6 cuerdas por el querido Padre Montes, también Jesuita y rector - fundador de mi alma mater chilensis, donde al finalizar mi postgrado, yo mismo toqué guitarra en mi graduación, hace 30 años. El mundo es pequeño y la montaña, la mujer brava que todos amamos, es enorme. Allí todos caminaremos -Dios mediante- en su par celestial, para ir juntos al Aconcagua y el Chimborazo, cuando volvamos del cielo, donde espero yo también poder encontrarlos.
Requiem
Estoy seguro que -como nos enseñó San Carlo Acutis- los tres fueron recibidos por la Madre de Dios, nuestra común Dolorosa del Colegio San Gabriel, que es la Reina de lo andino. Ella seguro los presentará entre sí. A ella nos encomendamos -por tanto- en familia, con todos los abrazos por ellos, sus hijos y nietos amados.
Dios los tiene en su seno.

Roberto el “Chino” Salazar de Quito que hoy lo vive en Santiago.




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