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De 35 años a per saecula saeculorum


La supervivencia de la humanidad: un asunto económico


¿Qué rumbo lleva la humanidad? ... ¿Por Cuánto tiempo?
¿Qué rumbo lleva la humanidad? ... ¿Por Cuánto tiempo?

Por Roberto F. Salazar-Córdova



David Gross, Premio Nobel de Física de 2004, ha puesto sobre la mesa una cifra perturbadora: si la probabilidad anual de una guerra nuclear fuese hoy del 2%, la humanidad tendría un horizonte de supervivencia del orden de 35 años.


Gross reconoce expresamente que su 2% es una estimación gruesa, no un cálculo actuarial riguroso. Pero su argumento probabilístico importa: un riesgo aparentemente pequeño, repetido todos los años, deja de ser pequeño cuando el horizonte es suficientemente largo.


El físico puede calcular el riesgo. Al economista le corresponde formular otra pregunta: ¿qué debemos hacer con esa información?


¿Qué y cuánto hacer, cómo y por dónde ir, y para qué calle, atajo, carrera o avenida votar?
¿Qué y cuánto hacer, cómo y por dónde ir, y para qué calle, atajo, carrera o avenida votar?

No es un tema de estado, sino una decisión de cada uno.


Porque conocer la probabilidad de desaparecer no modifica por sí mismo la probabilidad de desaparecer.


Para hacerlo hay que pasar del escenario pasivo al escenario activo, y eso se hace de a uno: caminar en intervenir las variables propias, alterar incentivos que nos mueven, cuidar de bienes públicos como la seguridad, hacer la conscripción cívica y construir instituciones, ser empáticos y distribuir riesgos y beneficios y transformar la supervivencia en una decisión económica intertemporal no solo teórica sino comportamental.


Ese cambio de perspectiva modifica completamente el problema: salir todos y cada uno de la soledad colectiva por el escenario pasivo que cambia al adoptar un compromiso activo por racionalidad.


El error de aceptar el 2%


Supongamos, solamente para seguir el razonamiento de Gross, que existe una probabilidad constante del 2% anual de una catástrofe terminal.


La probabilidad de atravesar 40 años sin ella sería:


(1 − 0,02)⁴⁰ ≈ 44,6%.


Es decir, el problema no consiste realmente en los “35 años”. Consiste en aceptar pasivamente que cada año volvemos a lanzar una moneda cuya probabilidad de desastre permanece inalterada.


La economía puede plantear exactamente lo contrario.


¡Manos a la Obra!
¡Manos a la Obra!

¿Qué inversiones realizadas por mí hoy reducen mi riesgo de no sobrevivir el próximo año? ¿Cuáles pueden hacerse año a año porque disminuyen además el riesgo del siguiente? ¿Qué instituciones pueden apoyarme porque hacen acumulativa esa reducción? ¿Cómo remuneramos a quienes nos conservan vivos como activos naturales de los cuales depende la vida propia y algunas otras ajenas? ¿Cómo convergemos en familia hacia la paz, el cuidado del agua, de la biodiversidad, la estabilidad climática, la difusión de información científica y la cooperación de a dos en dos como infraestructura juegos económicos de equilibrio dinámico dialogado?


Para un buen economista, el 2% del físico deja de ser un parámetro escalar y se convierte en una variable endógena.


Ésa es la diferencia fundamental entre pronosticar el futuro y construirlo: no todo lo que ha sido (y es) será.


La educación preventiva puede cambiarlo todo
La educación preventiva puede cambiarlo todo

Una cartera de supervivencia


La guerra nuclear es un riesgo existencial extraordinario, pero nuestra vulnerabilidad constituye un sistema que tiene riesgos más cercanos: falta de agua potable, incapacidad de tener alimentos, biodiversidad nula en urbes grises, energía faltante por falta de luz de series largas de gobiernos corruptos, clima y desastres cambiantes y crecientes, pobreza espiritual cada vez mayor y más visible vía redes y tecnología, inteligencia artificial capaz de generar agentes que pueden hackear instituciones, conflictos armados interminables a causa de egos y concentraciones económicas que interactúan entre sí.


Por eso tampoco basta una lucha política, o una ambiental aisladas entre sí o ajenas entre ambas a otras combinaciones de luchas culturales, económicas o sociales.


Hace falta una cartera integral de supervivencia.


Durante décadas hemos financiado carreteras, centrales eléctricas, puertos, telecomunicaciones y ciudades porque producen flujos económicos futuros.


Necesitamos aplicar esa misma racionalidad económica como una cultura y política personal que nos devuelva a los sistemas naturales y sociales que permiten que esos flujos existan.


Un páramo que produce y regula agua por ejemplo, ciertamente es infraestructura.


¿Por qué destruir lo que no podríamos reconstruir?


Un bosque que captura carbono es también infraestructura: presta servicios. Un ecosistema que conserva biodiversidad es infraestructura también. Una comunidad que protege durante generaciones esos activos cumple una función económica, igualmente. Una familia que supera la pobreza y la desnutrición incrementa capital humano. Una institución capaz de producir acuerdos reduce riesgo político. Un sistema tecnológico que mide y verifica esos resultados reduce asimetrías de información y permite financiarlos.


La naturaleza no solo es el planeta en que vivimos, sino nuestro planeta de emociones propias que nos llevan a decidir dejar entonces de ser solamente algo que debemos proteger.


Ser parte de una Red se convierte también en un activo cuya permanencia debemos financiar.


Y allí aparece una arquitectura posible.


Agua, biodiversidad y carbono


Una experiencia reciente de estructuración territorial en los Andes produjo precisamente ese cambio de enfoque. Un proyecto inicialmente concentrado en carbono terminó separándose en tres proyectos autónomos: agua, biodiversidad y carbono. La misión técnica que condujo a esta conclusión estableció además que esos activos requieren gobernanza territorial, ciencia y datos, estándares independientes, verificación externa, inversión, administración financiera y trazabilidad tecnológica.


No es una distinción semántica. Es un ABC...


A. El agua puede financiar conservación de fuentes, páramos, cuencas, flujos hídricos e infraestructura.


B. La biodiversidad incorpora conservación, servicios ecosistémicos, conocimientos, territorio y diversidad biocultural.


C. El carbono permite medir reducción y remoción de emisiones y movilizar recursos mediante mercados ambientales.


Y cuando se pregunta a los actores individuales, en grupo cerrado pero votando en forma personal acerca del territorio y qué consideran prioritario hacer, aparece algo particularmente interesante. En un ejercicio reciente de construcción de acuerdos que convocamos, el agua recibió aproximadamente 43% de las preferencias, frente a alrededor de 29% para biodiversidad y 29% para carbono; conservar páramos obtuvo unanimidad.


Se podía haber votado otras propuestas sobre combate a la violencia, o de dotación de fondos para educación, salud, cultura, crecimiento, liderazgo, o pensiones...


Los 30 participantes se sincronizaron con el convocante y su tema de trabajo por 2 años: cuidar el páramo.


Un lector de ocasión que lee titulares podría también decirse que entiende intuitivamente algo que la economía debe convertir en modelo a partir de un juego donde nonse vive sin lo básico: sin agua no hay vida; sin biodiversidad no hay sistema; sin instrumentos económicos no hay escala suficiente para conservarlos.


Cuarenta años cambian la economía


Aquí aparece el elemento decisivo.


Un proyecto de esta naturaleza no debe evaluarse únicamente por el próximo presupuesto fiscal, elección, directorio o balance anual. Debe diseñarse para 30, 40, 50 años y después preguntarse qué inversiones presentes hacen posible llegar al final de ese horizonte en mejores condiciones que al comienzo.


Eso cambia la función objetivo.


La evaluación tradicional descuenta los beneficios futuros para obtener su valor presente económico. Eso es indispensable para asignar capital, pero insuficiente cuando analizamos activos cuya destrucción puede ser irreversible.


Si desaparece una fuente hídrica crítica, una especie puede desaparecer, un ecosistema o una condición de paz puede que permitirá que exista un año 41?

Ésa podría ser una de las preguntas económicas centrales del siglo XXI.


De beneficiarios a custodios


La consecuencia distributiva también es profunda.


Las poblaciones que viven sobre los ecosistemas estratégicos suelen aparecer en las políticas públicas como “beneficiarios”. Es una clasificación económicamente pobre. En muchos casos son custodios de activos globales.

Si una comunidad conserva el bosque, el páramo, la cuenca y su biodiversidad durante décadas, está prestando un servicio económico al resto de la sociedad. El mecanismo correcto consiste en medirlo, verificarlo, darle trazabilidad, generar ingresos y reinvertir parte sustancial de éstos en territorio, productividad, infraestructura, bienestar familiar y conservación.

Ésa es justamente la lógica que emerge de la experiencia andina analizada: los activos ambientales certificados pueden transformarse en inversión territorial, productividad, infraestructura y bienestar manteniendo una participación determinante de pueblos y comunidades en la gobernanza y distribución de beneficios.

El mercado deja así de financiar únicamente la explotación del activo y comienza a financiar también su permanencia.

Paz también es infraestructura

Gross propone algo elemental para reducir el riesgo nuclear: que los países vuelvan a hablar entre ellos.

Un economista debería reconocer inmediatamente el significado de esa frase.

El diálogo reduce costos de transacción. La información reduce incertidumbre. La negociación evita destrucción de capital. Los acuerdos disminuyen primas de riesgo. Las instituciones permiten extender horizontes de inversión.

La paz posee, por tanto, un rendimiento económico.

Esto puede llevarse incluso al territorio. La experiencia reciente incorporó un mecanismo permanente de diálogo, mediación, negociación y construcción de acuerdos entre comunidades, gobiernos, familias y naturaleza, inversionistas, científicos y empresas.

La lógica puede generalizarse: invertir en instituciones capaces de resolver controversias antes de que se conviertan en conflictos es invertir en supervivencia.

El proyecto económico más largo

Tenemos fondos de pensiones porque sabemos que una persona de 30 años deberá financiar a la persona de 70 que llegará a ser.

La humanidad necesita aplicar la misma racionalidad a sí misma.

Necesitamos ahorrar hoy agua para 2066. Conservar hoy biodiversidad para 2066. Reducir hoy carbono para 2066. Construir instituciones de cooperación para 2066. Desarrollar inteligencia artificial verificable y gobernable para 2066. Financiar territorios capaces de conservar durante cuarenta años los activos que todos necesitaremos entonces.

Y al llegar a 2066, el proyecto no habrá terminado.

Habrá que financiar 2106.

Por eso la unidad económica correcta no puede ser solamente el trimestre, el mandato presidencial o nuestra propia esperanza de vida. La inversión más importante que puede realizar una generación es aquella cuyo beneficiario final todavía no ha nacido.

David Gross nos ofrece una función de riesgo: si seguimos jugando de la misma manera, el tiempo puede acabarse.

La economía puede responder con una función de decisión.

No aceptar el riesgo como constante. Reducirlo. Medir lo que sostiene la vida. Asignarle valor sin confundir valor con precio. Remunerar a quienes lo conservan. Construir gobernanza. Verificar resultados. Movilizar capital. Reinvertir. Repetir el proceso durante cuarenta años y volver a comenzar.

El escenario pasivo pregunta cuánto tiempo nos queda.

El escenario activo pregunta cuánto debemos invertir hoy para que siempre exista un mañana.

El objetivo económico último deja entonces de ser simplemente crecer durante nuestra generación.

Es organizar el capital, la naturaleza, la tecnología y la paz para que la humanidad pueda seguir haciéndolo, generación tras generación:

per saecula saeculorum.

 
 
 

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