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HACIA UNA TEORÍA DE GUERRA
La Tercera Guerra Mundial podría haber comenzado sin que hayamos reconocido todavía su nueva naturaleza.
Por Roberto F. «Chino» Salazar-Córdova
14 de octubre de 2026

¿La Pregunta es Cuándo, ó es: Cómo?
La guerra siempre ha sido una tragedia humana. La diferencia de nuestro tiempo es que la humanidad ha desarrollado una tecnología capaz de aprender de nuestras debilidades, multiplicar nuestros temores y participar en decisiones que antes estaban reservadas al juicio humano.
Durante siglos, las guerras se reconocían por sus fronteras, ejércitos, declaraciones y territorios ocupados. Hoy podemos destruir infraestructura digital a miles de kilómetros, comprometer sistemas financieros, fabricar identidades convincentes, movilizar personas que desconocen para quién trabajan y enfrentar sociedades enteras mediante narrativas que circulan a la velocidad de la luz.
La pregunta es si estamos presenciando conflictos simultáneos o una nueva modalidad de guerra mundial.
Mi hipótesis es la siguiente:
La Tercera Guerra Mundial podría encontrarse ya en desarrollo como una confrontación híbrida, descentralizada y crecientemente algorítmica, en la que la inteligencia artificial multiplica las capacidades militares, económicas y cognitivas de los contendientes. Su característica distintiva sería la instrumentalización del comportamiento humano mediante la explotación de vulnerabilidades como el miedo, la incertidumbre, la identidad y la necesidad de pertenencia.
La hipótesis tiene una condición esencial: debemos demostrar que esas confrontaciones forman parte de un sistema estratégico interdependiente y que la IA modifica efectivamente las decisiones humanas y los resultados geopolíticos. La simultaneidad de acontecimientos, por sí sola, resulta insuficiente.
I. Marco empírico: los datos de una confrontación que cambia de naturaleza
En 2025, el gasto militar mundial alcanzó US$2,887 billones, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Fue el undécimo año consecutivo de crecimiento y representó un aumento real del 41% durante la década 2016–2025.
Estados Unidos destinó US$954.000 millones; China, aproximadamente US$336.000 millones; y Rusia, US$190.000 millones. Estas tres potencias concentraron el 51,3% del gasto militar mundial.
El gasto militar representa decisiones presupuestarias observables, pero no mide por sí mismo la probabilidad de una guerra mundial. También refleja disuasión, modernización tecnológica y respuestas a amenazas percibidas.
La Universidad de Uppsala registró 65 conflictos armados con participación estatal durante 2025 y aproximadamente 245.681 muertes por violencia organizada. La proliferación de conflictos confirma una elevada fragmentación de la seguridad internacional; todavía debemos determinar cuánto de esa violencia responde a un mismo sistema de confrontación.
Simultáneamente, la economía de la inteligencia artificial muestra una concentración extraordinaria. Según el AI Index 2026 de Stanford, la inversión privada estadounidense en IA durante 2025 alcanzó aproximadamente US$285.900 millones, frente a US$12.400 millones en China. La relación supera 23 a 1, aunque la comparación no incorpora íntegramente los mecanismos públicos de financiamiento chinos.
La diferencia económica resulta estratégica: el poder militar depende cada vez más de procesadores, energía, centros de datos, comunicaciones y software. La capacidad computacional se está convirtiendo en infraestructura de seguridad nacional.
Pero el dato más revelador de nuestra investigación aparece en otro terreno.
El 8 de octubre de 2026, OpenAI publicó un informe sobre operaciones encubiertas de influencia que utilizaban inteligencia artificial. Una de ellas, originada en Rusia y denominada Dark Clark, operaba mediante una organización de investigación aparentemente legítima en América Latina.
Los operadores empleaban una identidad ficticia para relacionarse con colaboradores, elaborar informes, coordinar contenidos y administrar actividades. Según la investigación, algunas personas contratadas en la región aparentemente desconocían que trabajaban para una operación originada en Rusia.
La operación difundió contenidos relacionados con Ucrania y la política de países como Argentina, Bolivia y Ecuador. Algunas falsificaciones provocaron verificaciones periodísticas y respuestas oficiales. OpenAI la clasificó en la categoría 5 de 6 de su escala de alcance potencial.
Aquí encontramos un hecho fundamental: personas reales pueden participar de buena fe en actividades cuyos objetivos estratégicos y patrocinadores desconocen.
La inteligencia artificial no necesita dominar la conciencia humana para convertirla en un recurso de confrontación. Puede facilitar la producción de mensajes, la simulación de identidades y la coordinación de intermediarios.
La operación iraní descrita en el mismo informe utilizó siete identidades periodísticas ficticias para distribuir artículos en medios digitales. Una investigación de The Washington Post identificó alrededor de cien artículos publicados en al menos veinte medios.
Estas operaciones tienen precedentes anteriores a la IA. La innovación consiste en que la tecnología reduce los costos y amplía la capacidad de reproducirlas.
El riesgo tecnológico también ha dejado de ser exclusivamente informativo. El 13 de octubre de 2026, Reuters informó que aproximadamente 400 científicos de 34 países, incluidos Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio, solicitaron mecanismos internacionales de supervisión y contención para sistemas avanzados de IA capaces de ejecutar operaciones cibernéticas.
Ese mismo día, Reuters informó que autoridades bancarias estadounidenses y europeas estaban intensificando la supervisión de agentes autónomos de IA ante riesgos de ciberataques y perturbaciones financieras.
La convergencia es significativa: defensa, finanzas, información y capacidad computacional comienzan a compartir vulnerabilidades tecnológicas.
La evidencia, por tanto, muestra una confrontación internacional intensa, concentración de recursos estratégicos, operaciones de influencia apoyadas por IA y preocupación creciente por la autonomía de sistemas digitales.
Queda por demostrar si estos elementos constituyen una sola guerra mundial.
II. Marco teórico: de Clausewitz a la instrumentalización algorítmica del ser humano
Carl von Clausewitz definió la guerra como continuación de la política por otros medios. Su contribución permanece vigente: la guerra responde a intereses, decisiones y relaciones de poder. Lo que cambia históricamente son sus instrumentos.
Thomas Schelling, en The Strategy of Conflict (1960), demostró que la confrontación depende también de expectativas, amenazas creíbles, negociación y capacidad de disuasión. Robert Jervis, en Perception and Misperception in International Politics (1976), explicó cómo los errores de percepción pueden convertir decisiones defensivas en señales interpretadas como agresivas.
La inteligencia artificial introduce una transformación en este marco: puede intervenir tanto en la capacidad material de confrontación como en la formación de percepciones y expectativas.
Una IA que clasifica objetivos militares puede acelerar operaciones. Otra que produce mensajes persuasivos puede influir en la interpretación pública de esas mismas operaciones. Una tercera, incorporada a infraestructuras críticas, puede modificar los costos de la confrontación.
Estamos ante tres dimensiones relacionadas del poder: capacidad de actuar, capacidad de influir y capacidad de resistir.
El miedo como recurso económico y estratégico
Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que las decisiones humanas responden a heurísticas, sesgos y asimetrías en la valoración de pérdidas y ganancias. La teoría prospectiva, publicada en Econometrica en 1979, explica por qué una amenaza de pérdida puede tener efectos desproporcionados sobre determinadas decisiones.
Herbert Simon, en 1971, señaló que la abundancia de información convierte la atención humana en un recurso escaso.
La economía digital ha transformado esa escasez en un mercado. Las plataformas compiten por atención, interacción y permanencia. Los contenidos capaces de provocar emociones intensas pueden adquirir ventajas de circulación, dependiendo de las características de la plataforma y su audiencia.
La investigación de Vosoughi, Roy y Aral, publicada en Science en 2018, examinó aproximadamente 126.000 historias difundidas por unos tres millones de personas en Twitter. Encontró que las noticias falsas se propagaban más rápidamente y alcanzaban mayores audiencias que las verdaderas dentro del conjunto estudiado.
La conclusión más importante es que la difusión de información engañosa también depende del comportamiento humano. Los sistemas automatizados pueden amplificarla, pero las personas participan activamente en su circulación.
Jacques Ellul, en Propagandes (1962), estudió cómo la propaganda moderna aprovecha estructuras sociales, necesidades psicológicas y medios de comunicación para integrar a los individuos en determinados sistemas de acción.
La IA generativa agrega personalización, velocidad, adaptación y capacidad de experimentar con numerosos mensajes.
Podemos denominar a este mecanismo instrumentalización algorítmica del comportamiento humano: la utilización de sistemas computacionales para orientar decisiones individuales o colectivas hacia objetivos de terceros mediante información, incentivos, engaños o explotación de vulnerabilidades.
El concepto debe distinguirse de una supuesta capacidad de controlar completamente la conciencia. La influencia puede ser resistida, cuestionada o rechazada.

Mitos, identidad y construcción de enemigos
Henri Tajfel y John Turner desarrollaron la teoría de la identidad social, que ayuda a explicar por qué las personas pueden organizar sus percepciones alrededor de pertenencias colectivas y diferencias entre grupos.
Los mitos, las creencias religiosas, las identidades nacionales y las interpretaciones culturales pueden proporcionar sentido, cohesión y solidaridad. También pueden ser utilizados instrumentalmente cuando un actor convierte esas referencias en argumentos para deshumanizar adversarios o justificar acciones violentas.
Por eso conviene distinguir la experiencia religiosa legítima de su utilización propagandística.
Las recientes publicaciones sobre demonios, OVNIS, exorcismos, guerras y amenazas tecnológicas no prueban una conspiración conjunta. Sin embargo, ilustran la diversidad de contenidos mediante los cuales pueden activarse percepciones de peligro, autoridad y pertenencia.
La hipótesis merece investigación porque la guerra cognitiva no requiere que todas las personas crean lo mismo; puede beneficiarse de que distintos grupos interpreten la realidad de maneras cada vez más incompatibles.
La economía política de la nueva guerra
La literatura de economía política añade una pregunta que los enfoques estrictamente militares suelen dejar incompleta: ¿quién obtiene beneficios?
En la confrontación contemporánea aparecen diferentes beneficiarios potenciales: fabricantes de armamento, proveedores de infraestructura digital, empresas de ciberseguridad, plataformas de información, organizaciones políticas y Estados que consiguen ventajas estratégicas.
Sin embargo, obtener ingresos de una situación de conflicto no demuestra haberla provocado.
La causalidad debe establecerse mediante evidencia de decisiones, financiamiento, coordinación y resultados.
También hay una diferencia fundamental entre Estados Unidos y China. El primero mantiene ventajas importantes en capital privado, infraestructura y distribución tecnológica; el segundo combina capacidades industriales, inversión pública y creciente competitividad en modelos de IA.
Rusia e Irán, por su parte, aparecen en investigaciones recientes sobre operaciones de influencia que aprovechan herramientas de IA desarrolladas fuera de sus propios ecosistemas.
Esto significa que el poder de utilizar IA para influir no coincide necesariamente con el poder de desarrollarla.
En una economía de costos decrecientes de generación de contenido, actores con recursos relativamente modestos pueden producir efectos comunicacionales desproporcionados. La magnitud efectiva de esos efectos debe medirse.
III. Modelos plausibles: ¿estamos en la Tercera Guerra Mundial?
Para convertir nuestra hipótesis en una proposición contrastable necesitamos distinguir tres niveles: intensidad de confrontación, instrumentalización humana y propagación internacional.
1. Índice de confrontación híbrida
Definimos:
H_{ct}=w_1M_{ct}+w_2C_{ct}+w_3I_{ct}+w_4E_{ct}
Donde la intensidad de confrontación militar depende de incidentes cibernéticos y ataques a infraestructura, operaciones de influencia identificadas, coerción económica y tecnológica, y finalmente, de ponderaciones estimadas o justificadas empíricamente.
Cada variable deberá normalizarse antes de construir el índice. Las ponderaciones no pueden seleccionarse únicamente para confirmar la hipótesis.
La data debe acumularse para probar el modelo (ver referencias, abajo).
El índice permitiría observar la evolución de la confrontación híbrida por país y período.
Pero una suma de conflictos no constituye automáticamente una guerra mundial. Debemos incorporar las relaciones entre ellos.
2. Modelo de instrumentalización humana
Definimos cómo una conducta observable del individuo depende de su situación en su país y el período macro del territorio; su tendencia a compartir una falsificación, participar en una movilización, apoyar una medida coercitiva o ejecutar una tarea para una organización cuya identidad real desconoce.
Proponemos:
Pr(Y_{ict}=1)=
Lambda*[alpha
+beta_1F_{ict}
+beta_2A_{ict}
+beta_3(F_{ict}A_{ict})
+gamma'X_{ict}]
Donde la exposición a narrativas que activan miedo, identidad o incertidumbre depende de la intensidad de influencia asistida por IA, la interacción entre exposición y capacidad algorítmica, la educación, confianza institucional, preferencias previas y características del entorno, y de parámetros de una función logística.
La hipótesis específica es si la IA incrementaría el efecto de determinadas narrativas sobre conductas susceptibles de instrumentalización.
Ese parámetro tampoco está estimado. Su identificación requerirá futuros experimentos controlados y diseños cuasiexperimentales capaces de separar persuasión de selección previa de audiencias.
3. Modelo de propagación geopolítica
Para determinar si los conflictos regionales están convergiendo hacia una confrontación mundial, la unidad de observación apropiada sería una pareja de países por mes.
Podríamos proponer:
{logit}(p_{ijt})=alpha_{ij}+lambda_t+
theta_1H_{ij,t-1}+
theta_2A_{ij,t-1}+
theta_3N_{ij,t-1}+
theta_4(A_{ij,t-1}N_{ij,t-1})+
delta'Z_{ij,t-1}
Donde la probabilidad de una nueva escalada militar entre países depende de la intensidad previa de confrontación híbrida, las capacidades y utilización de IA, la intensidad de operaciones de influencia transfronterizas, las alianzas, comercio, proximidad, conflictos previos y otras variables de control, efectos fijos de la pareja de países y efectos temporales comunes.
El parámetro será evaluar si la combinación de IA e influencia informativa está asociada con una mayor probabilidad de escalada.
Para hablar propiamente de guerra mundial, además, deberíamos demostrar una expansión significativa de la red de conflictos entre regiones y grandes potencias en panel a través del tiempo.
Lo sabremos con eso: el tiempo.
Preocupa, eso sí, que cada vez más gente diga: "no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas"...
La guerra mundial sería entonces una propiedad del sistema internacional, no una etiqueta "país" aplicada a cada conflicto de " vecindad"...
4. Criterios de contrastación
Para probar hipótesis con exonometría, siempre se ha requerido un protocolo que defina entre otras bases de cálculo: dimensión espacial, evidencia requerida según teoría matemática, y alcance temporal.
Para decir "mundial" hay que pensar a una escala "FIFA" y crear gemelos digitales probados en confrontaciones reales, por fases, bajo un diseño matemáticamente impecable, midiendo evolución de:
Conflictos conectados entre múltiples regiones,
Interdependencia,
Cambios en un frente que modifican decisiones en otros,
Participación estratégica, e
Intervención directa o indirecta de grandes potencias
En caso de modelar, habría otra dificultad, ya matemática: poder aislar el secrero mejor guardado: el componente algorítmico.
Se puede hacer siempre ingeniería inversa a partir de la utilización documentada de IA en operaciones relevantes, así como usando proxies de marketing que permitan medir el nivel de instrumentalización humana que puede aumentar prevalencias de conductas inducidas y atribuibles a operaciones identificadas.
El otro componente experimental requerirá quizá décadas para aislar rutas de datos sobre
Escalada
Aumento verificable de enfrentamientos, e
Intensidad o propagación
¿ Hay algo de Datos?
Las bases SIPRI y UCDP permiten medir buena parte de las dimensiones militares. Los informes de amenazas de empresas tecnológicas aportan casos de operaciones de influencia, aunque presentan sesgos de detección. GDELT y otras bases de eventos pueden contribuir a medir circulación informativa.
Un diseño sólido requeriría poder conjuntar datos y probar estimaciones con rezagos, controles, pruebas de robustez y contrastes frente a períodos históricos anteriores a la difusión de la IA generativa.
No sería responsable ni, hoy por hoy, metodológicamente aceptable interpretar una correlación contemporánea como causalidad ni inferir el comienzo de una guerra mundial a partir de los rosarios de publicaciones que los algoritmos nos "seleccionan" por medio de nuestras plataformas de uso frecuente.
Hay que mantener la duda metódica, el diálogo permanente, y la medición consistente. Eso nos mantendrá cuerdos. Y claro, hay que enredarse positivamente para caminar en comunidades de impacto: eso nos mantendrá productivos. Ése es el ADN@+.
Conclusiones: la paz como desafío de inteligencia humana
La evidencia que hemis acumulado desde febrero de 2020, en pandemia, hasta octubre de 2026, en post post pandemia, junto a la impronta de "Red Santa Cruz" que se sigue formando junto a nuestros 45 mil lectores únicos de cientos de países en los cinco continentes dando clicks en www.adnplus.co.uk nos permite formular cuatro pre-conclusiones de tipo hipotético:
Primera. La guerra está transformándose tecnológicamente. La capacidad computacional, los datos, la conectividad y la autonomía de sistemas digitales adquieren importancia estratégica militar comparable a otras infraestructuras críticas para hacer la guerra y/ó su otra cara que hemos preferido por décadas trabajar desde el Diálogo Hexagonal: hacer las P.A.C.E.S.
Segunda. La instrumentalización humana mediante operaciones de influencia apoyadas por IA ya tiene casos documentados. La operación Dark Clark muestra cómo una organización de fachada puede incorporar personas que aparentemente desconocen la identidad de sus verdaderos patrocinadores. La evidencia demuestra un mecanismo, aunque todavía no cuantifica su impacto agregado sobre las decisiones políticas, ambientales, culturales, económicas, o sociales (p, a, c, e, s).
Tercera. El mundo presenta una confrontación internacional intensa y crecientemente interdependiente, pero la hipótesis de que ya vivimos una Tercera Guerra Mundial sigue abierta. Los datos disponibles muestran conflictos numerosos, concentración de recursos militares y operaciones híbridas. Falta demostrar que constituyan una única confrontación mundial con dinámica común con dos finalistas que colapsen en bloques en guerra intercontinental. Para pelear se necesitan dos.
Cuarta. El tiempo dependería de la incubación e instalación de superioridades tecnológicas que son una condición de cohesión necesaria, pero no suficiente: ser probables finalistas no les garantiza una victoria política, económica ni humana a Estados Unidos y China. Hoy compiten por infraestructura, inversión, modelos y estándares. Otros actores aprovechan esas tecnologías para objetivos propios de modelos de supervivencia, pero la capacidad de los grandes para influir sobre las sociedades en ejes aún está en construcción: se convierte en una dimensión inacabada del poder, pero la confianza, la legitimidad y la autonomía humana siguen siendo determinantes (e.g. " Shield of Americas").
RECOMENDACIONES
La historia económica enseña que el progreso tecnológico amplía las posibilidades de producir riqueza, pero también modifica los costos y las formas de ejercer el poder.
La inteligencia artificial representa una oportunidad extraordinaria para la productividad, la ciencia, la salud, la educación y el desarrollo. Precisamente por eso merece instituciones capaces de asegurar que su utilización responda al bienestar humano.
Una sociedad con abundancia de información puede perder capacidad de deliberación si sus ciudadanos dejan de distinguir entre evidencia, interpretación y manipulación. Una sociedad tecnológicamente poderosa puede volverse vulnerable si delega decisiones irreversibles en sistemas que todavía no comprende suficientemente.
Nuestra responsabilidad es desarrollar inteligencia humana a la altura de la inteligencia artificial.
La paz requiere algo más que ausencia de enfrentamientos. Requiere confianza, instituciones legítimas, cooperación internacional y capacidad de resolver diferencias sin convertirlas en enemistades irreconciliables.
Por eso, mi hipótesis sobre la Tercera Guerra Mundial no constituye una declaración de inevitabilidad. Es una invitación a investigar, medir y actuar preventivamente.
Tal vez la guerra más importante de nuestro tiempo sea la disputa por preservar la libertad de pensar, discernir y decidir. Y tal vez la mayor victoria de la humanidad consista en utilizar la inteligencia artificial para hacer de la paz una decisión cada vez más inteligente.
ROBERTO F. SALAZAR-CÓRDOVA
Referencias fundamentales
Clausewitz, C. von (1832). Vom Kriege.
Ellul, J. (1962). Propagandes.
Jervis, R. (1976). Perception and Misperception in International Politics.
Kahneman, D. y Tversky, A. (1979). «Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk». Econometrica, 47(2), 263–291.
Schelling, T. C. (1960). The Strategy of Conflict.
Simon, H. A. (1971). «Designing Organizations for an Information-Rich World».
Tajfel, H. y Turner, J. C. (1979). «An Integrative Theory of Intergroup Conflict».
Vosoughi, S., Roy, D. y Aral, S. (2018). «The Spread of True and False News Online». Science, 359, 1146–1151.
Stanford HAI (2026). Artificial Intelligence Index Report.
SIPRI (2026). [Trends in World Military Expenditure, 2025](https://www.sipri.org/publications/2026/sipri-fact-sheets/trends-world-military-expenditure-2025).
OpenAI (2026). [Disrupting AI-enabled “false front” operations](https://openai.com/index/disrupting-ai-enabled-false-front-operations/).
Reuters (13 de octubre de 2026). Informes sobre supervisión internacional de sistemas autónomos de IA y riesgos para la estabilidad financiera.
Nota metodológica: los datos empíricos citados corresponden a publicaciones identificadas; las ecuaciones constituyen un modelo de investigación propuesto. No se presentan coeficientes estimados ni resultados causales que aún no hayan sido calculados.






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