
GRAD-U
¿Graduarnos fue solo el inicio?
EL INTERÉS COMPUESTO DE LA EDUCACIÓN
El día en que los hijos se gradúan, los padres descubren cuánto vale el tiempo y cuánto amor cabe en una inversión.
Por Roberto F. "Chino" Salazar-Córdova
Hay un día en la vida de los padres en que uno descubre que ha pasado veinte, veinticinco o treinta años preparándose para una ceremonia que apenas durará unas horas.
Los hijos se ponen una toga, reciben un diploma, sonríen para una fotografía y, mientras todos aplauden, sus padres hacen unas cuentas que jamás encontrarán en los libros de economía.
Cuántas mañanas levantándose temprano. Cuántos cuadernos, uniformes, instrumentos musicales, zapatos de fútbol, viajes, matrículas, exámenes y noches de espera. Cuántas conversaciones alrededor de una mesa. Cuántas veces hubo que enseñar, corregir, acompañar y aprender a escuchar.
Y cuántas personas participaron en aquella empresa: los abuelos, los maestros, los amigos, los hermanos y tantos otros que fueron dejando algo de sí mismos en la formación de una persona.
U
En la U, el diploma lleva el nombre de quien estudió, como debe ser. Pero detrás de esas pocas letras está escrita, con tinta invisible, una historia de generaciones.
Todos nos graduamos cuando alguien se gradúa.
Porque en cada título hay una conquista personal y también una obra colectiva, hecha de tiempo, conocimiento, confianza y amor.
Los economistas tenemos la costumbre de ponerle precio a casi todo. Al dinero le calculamos intereses; al tiempo, una tasa de descuento; a las inversiones, su rentabilidad; y a los proyectos, su valor presente. Pero cuando se gradúa un hijo, descubrimos que hemos dedicado buena parte de nuestra vida a una inversión cuyo rendimiento más importante consiste en que, finalmente, pueda caminar por sí mismo.
LIbertad
Cervantes escribió que «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Y acaso sea esa la mejor manera de comprender la educación: como el largo aprendizaje de la libertad.
Porque educar a un hijo es enseñarle a vivir hasta que pueda hacerlo por su cuenta, sabiendo que llevará consigo algo de nosotros y que también habrá de descubrir caminos que nunca imaginamos.
Mario Vargas Llosa, al recibir el Nobel de Literatura en 2010, afirmó que «La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas». Esa capacidad de tender puentes comienza con la educación: aprendemos a leer, a comprender otras vidas, a dialogar y a construir junto a quienes piensan de manera diferente. El conocimiento adquirido por una persona puede así multiplicar las oportunidades de muchas otras.
Algo parecido ocurre en cada hogar. Un niño descubre que unas letras pueden contar historias y que unas cifras pueden explicar el mundo. Aprende a sumar, a preguntar, a escuchar. Después vendrán las ciencias, los idiomas, la música, la filosofía y, quizás, la economía.
Un aprendizaje hace posible otro. Y aquel otro permite un tercero.
Así comienza el interés compuesto de la educación.
PROFESAR
Profesar a diario es como ahorrar en matemática financiera: un dólar cuidado durante cincuenta años al siete por ciento anual, con sus rendimientos reinvertidos, como en una amistad, se convierte en aproximadamente 30 dólares; en una red de 30 amigos que se hereda a los hijos cuando uno se retira.
Una pequeña diferencia en la rentabilidad produce, como la verdadera amistad, con el tiempo, resultados extraordinariamente distintos, siempre maravillosos. Todo depende del interés que uno le ponga y otros le sumen.
La educación, como todo hecho social, carece de una tasa garantizada.
Sus resultados dependen de las circunstancias, las oportunidades y las decisiones de cada persona y la de sus amigos y cercanos conocidos y desconocidos.
Si uno permanece siempre "educado" compartirá con creces el beneficio del interés compuesto: una virtud maravillosa capaz de hacer que lo aprendido ayer familiarmente pueda aumentar nuestra capacidad de aprender mañana como país.
MACRO-U
Theodore Schultz y Gary Becker estudiaron el retorno social de la educación individual desde la economía del capital humano.
Comprendieron que los conocimientos, la formación y las habilidades representan inversiones capaces de mejorar la productividad y las oportunidades de las personas y las sociedades, como una externalidad positiva.
Y tenían razón.
Cuando una familia entrega un profesional al mundo, la humanidad celebra sin envidia: ahí está el regocijo, la magia de la educación.
Es como una U misma. Tiene retorno en su forma.
Y es que hay algo que un padre intuye mucho antes de pensar en un valor futuro de aquella inversión: el rendimiento de la educación siempre se manifiesta, ante todo, en la formación definitiva del carácter.
Está en su memoria del niño que vuelve a intentar una pieza al piano después de equivocarse. En haber observado a quien practicó durante años un deporte para alcanzar un nuevo grado. En quien vio aprender que un equipo de fútbol necesita cooperación, disciplina y confianza. En quien descubrió que la amistad requiere dedicación y que la palabra empeñada tiene un valor que ningún abogado puede asegurar.
CLAVES DE SOL Y DE FA
La música enseña a escuchar. El deporte enseña a perseverar en los asocios. La escuela enseña a convivir. La universidad enseña a pensar con método: la ciencia y uno. Y la familia, con sus aciertos y sus errores, procura enseñar a amar: de dos en dos. Todos. Juntos. Con transitividad perfecta.
Todo se mezcla, porque así es la vida. Como una partitura de piano para mano derecha en Sol y mano izquierda en Fa.
Borges escribió algo que se lee desde la vida y la música, donde también se cumole que «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho».
Grad-U
Quizás por eso conmueve tanto una graduación. Porque los padres contemplamos a una persona adulta y, en el mismo instante, recordamos al niño que aprendía a caminar, al adolescente que comenzaba a discutir nuestras ideas y al estudiante que alguna vez creyó que los exámenes nunca terminarían.
El tiempo tiene esa manera misteriosa de reunir lo que parecía separado.
García Márquez lo expresó en las primeras páginas de Vivir para contarla: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».
Y cuando los hijos se gradúan, los padres recordamos.
Recordamos a nuestros propios padres, que alguna vez hicieron por nosotros lo que ahora hemos procurado hacer por nuestros hijos. A los abuelos que tuvieron fe en educarse y eduvarnos, y encontraron maneras de abrirnos caminos. A las mujeres de susngeneraciones que debieron enfrentar prejuicios para estudiar y ejercer profesiones que hoy sus nietas pueden elegir con total libertad.
AMISTAD PROFESIONAL
Suelen decir que no hay colegas amigos y que las amistades de fondo son las del tiempo colegial; sin embargo, todo profesional es amigo de más de uno de sus profesores: recordamos a los amigos maestros que conocimos en las aulas y que, muchos años después, siguen sentados en la memoria de más de uno de sus discípulos que siguen a nuestro lado en las celebraciones familiares.
Una amistad, en la universidad se forma de manera distinta; suele comenzar con dos estudiantes compartiendo apuntes y terminar, décadas después, con sus familias celebrando los logros de una nueva generación.
Ninguna tasa de interés explica completamente ese rendimiento; sin embargo, cualquier maestro que haya vivido algo semejante comprenderá que allí, en los alumnos y sus clases, existe un patrimonio extraordinario: uno que une familias y generaciones.
Lo llamamos capital social.
También podríamos llamarlo confianza cultivada durante toda una vida.
La educación universitaria tiene, además, como ninguna otra, una virtud: y es que su experiencia atraviesa las fronteras.
Hay hijos que por la universidad nacen en un país, crecen en otro y estudian en un tercero.
Ahí no hay trauma: hay trama. Al viajar los padres, los hijos aprenden nuevos idiomas, descubren distintas culturas y deben encontrar su lugar entre personas que tienen otras costumbres y otra historia.
El Universitas es el espíritu universitario, universalista. Los universitarios viajeros llevan consigo la ciudad donde nacieron, las enseñanzas de sus abuelos y el cariño de quienes los vieron crecer. Y, al mismo tiempo, incorporan nuevas experiencias que enriquecen su identidad.
Son, quienes salen, héroes del ayer y el futuro, del aquí y el allá, del tiempo y el espacio: hijos de sus familias, de sus países y de un mundo que se ha vuelto cada vez más cercano.
AMÉRICA
La educación americana nos permite conservar nuestras raíces nuevas y desplegar nuestras alas libres. Una combinación especialmente valiosa que solo se ve en nuestra América, donde las cordilleras y los canales han unido durante siglos a pueblos que comparten tantas historias y esperanzas.
Y entonces, al juntarnos entre vecinos, ocurre algo hermoso: los hijos comienzan a entender los sitios.
Algunos encuentran su vocación en las finanzas a la chilena, las empresas a la estadounidense, o las ciencias a la Argentina.
Otros la descubren en la música, el arte o la creación a la ecuatoriana. Unos quieren estudiar el funcionamiento de los industrias culturales a la andina; otros prefieren llenar de sonidos una habitación a lo caribeño anglo sajón, con afro-house.
Cada uno tiene su manera de comprender y transformar el mundo.
A los padres nos corresponde reconocer que las vocaciones pueden ser diferentes de las nuestras. Que el talento necesita libertad para florecer. Y que la educación cumple mejor su propósito cuando permite a cada persona encontrar aquello que ama y desarrollar las capacidades para hacerlo bien.
CARIDAD Y COMPRENSION
Neruda escribió: «Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces».
Aunque aquel verso pertenece a un poema de amor, me gusta pensar en él cuando reflexiono sobre la educación.
Porque llega un momento en que los padres, como buenos socios, debemos aprender a hablar menos y escuchar más. A cambiar las instrucciones por conversaciones, las respuestas por preguntas y las decisiones tomadas por otros por la confianza en el criterio que nuestros hijos han adquirido a punta de estudio, esfuerzo y trabajo.
Un burn socio respeta muchísimo a quien trabaja a diario en su negocio. Y sí: la educación de los hijos es un negocio en el que todos somos socios.
Quizás esa sea una de las tareas más difíciles de la paternidad: dejar crecer la libertad que te hace pedazos el ego, siempre; que te doma y te hace crecer nueva y mejor piel.
Durante años hemos procurado protegernos, acompañarnos y ofrecernos oportunidades. Después debemos reconocer que la mejor protección que podemos entregarnos es forjar una propia capacidad para decidir cómo hacer eso mismo desde una mirada que ya no es la nuestra, pero que sigue siendo nuestra.
EDUCARNOS AHORA
Hannah Arendt comprendió que educar supone recibir la creación que las nuevas generaciones hacen desde un mundo que ya existía antes de ellas. Paulo Freire insistió en que el conocimiento debía contribuir a la conciencia crítica y a la libertad.
Ambos pensamientos se encuentran con la hunanidad libre de vivir en la vida cotidiana de una familia: entregamos a nuestros hijos el mundo que conocemos para que ellos puedan construir uno que todavía desconocemos.
Y aquí aparece la paradoja que más me conmueve como padre y economista.
Una empresa invierte para conservar y ampliar sus activos. Una familia invierte en educación para que sus hijos adquieran autonomía, tomen sus propias decisiones y comiencen a construir un patrimonio que les pertenezca. El éxito de esa inversión consiste en entregarles libertad.
Y su rentabilidad más hermosa aparece cuando utilizan esa libertad con responsabilidad, generosidad y alegría.
EL TÍTULO
Por eso una graduación es mucho más que la entrega de un título.
Es una transferencia de capacidades entre generaciones. Los padres hemos procurado entregar conocimientos, valores y oportunidades; los hijos reciben ahora la posibilidad de multiplicarlos mediante sus propias decisiones.
Todos nos graduamos cuando alguien se gradúa porque todos hemos contribuido, de alguna manera, a que esa persona llegue hasta allí.
La familia invierte afecto, tiempo y recursos; los maestros comparten conocimientos; las instituciones construyen oportunidades; y la sociedad participa de los beneficios cuando esas capacidades comienzan a producir nuevos conocimientos, trabajo, bienestar y cooperación. El interés se compone entre personas y generaciones, hasta convertirse también en interés común.
La inversión familiar se convierte en una responsabilidad personal y, con el tiempo, puede transformarse en beneficio social.
SEN
Amartya Sen, en Development as Freedom, propuso comprender el desarrollo como la ampliación de las libertades reales de las personas. Esa mirada permite reconocer que la educación vale por los ingresos que puede generar y, sobre todo, por las posibilidades de vida que abre.
Una persona educada puede crear una empresa, enseñar a otros, componer música, investigar, formar una familia, servir a su comunidad o combinar varias de esas vocaciones durante su existencia.
Y lo que aprenda en ese camino podrá transmitirlo a quienes vengan después.
Así continúa la capitalización, como un sentido capitalista amplio y profundo: El conocimiento de una generación se convierte en punto de partida de la siguiente. Las libertades conquistadas permiten nuevas oportunidades.
"A NEW HOPE"
Educadas juntas, las amistades se transforman en comunidades. Y las capacidades adquiridas por una persona pueden contribuir a mejorar la vida de muchas otras.
Nada de ello ocurre automáticamente.
Hace falta trabajo, instituciones, oportunidades y confianza. Pero cuando esas condiciones se encuentran, la educación puede producir resultados que sobreviven incluso a quienes hicieron posible la inversión inicial.
Por ello, incluso diseñar un proyecto educando semanalmente un curso de impacto, es una bendición.
Pienso entonces en la imagen de un árbol.
Alguien lo sembró cuando apenas era una promesa. Pocos lo regaron, lo protegieron del viento y esperaron pacientemente. Un día comenzó a dar sombra para todos.
Más tarde produjo frutos. Y, con suerte, sus semillas encontraron otros lugares donde crecer.
Así es nuestra naturaleza cuando la dejamos libre, en derecho natural no afrancesado.
Quien plantó el árbol quizá nunca conocerá a todas las personas que descansarán bajo sus ramas; a la inglesa.
Si permanecemos libres y luchamos por desplegar nuestras ramas de modo siempre libre, y en lema de adelante siempre, como Fibonacci, nuestro árbol genealógico habrá contribuido a hacer posible ese descanso para la paz.
P.A.C.E.S.
Lo más semejante a la paz ocurre con la educación.
Los padres acompañamos una parte del camino. Los maestros iluminan otras. Los amigos comparten experiencias. Y los hijos continúan avanzando, llevando consigo una herencia que transformarán a su manera.
¿Podemos invertir como nos educamos siendo universitarios?
Cuando finalmente llegue una graduación, sentiremos doble gratitud por lo vivido y esperanza por aquello que comienza, en persona o en empresa, siempre micro, siempre macro.
DIPLOMA
Miraremos el diploma comonun título valor privado y social, y veremos una vida que se abre.
Miraremos a nuestros hijos y reconoceremos un capital de gracias que el tiempo habrá hecho a imagen y semejanza de su trabajo. Y, por un instante, comprendemos que las mejores inversiones de nuestra existencia jamás tuvieron como propósito enriquecernos a nosotros mismos y que por ello, son divinas, permitiéndonos entender nuestra red como la Santa Cruz.
BUEN SER: SERVIR MEJOR
Queremos que todos pudieran vivir mejor, comprender más, elegir libremente y contribuir al bienestar de otros.
Eso es el buen ser para servir mejor que transmitimos.
Por eso, cuando termine la ceremonia propia, del hijo o nieto, padre o hermano, y se apaguen los aplausos, el profesional economista o de cualquier rama puede cerrar sus cuentas y el padre puede descansar un momento.
El capital ha sido entregado a una nueva generación.
Los frutos apenas comienzan.
Y si algún día nuestros hijos enseñan a otros lo que aprendieron, si comparten sus conocimientos, si abren oportunidades, si forman nuevas familias o comunidades y si ayudan a alguien a encontrar su propio camino, entonces aquella inversión habrá seguido creciendo mucho después de nuestra última cuenta.
Todos nos graduamos cuando alguien se gradúa: ése es el reql interés compuesto que se entrega desde la educación y, es, finalmente, el amor de una generación convertido en libertad para la siguiente. ¡Viva el patrimonio de conocimientos, capacidades y oportunidades que crece para toda la sociedad!
F: Roberto

Referencias: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (segunda parte, capítulo 58); Jorge Luis Borges, Nueva refutación del tiempo; Gabriel García Márquez, Vivir para contarla; Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada; Mario Vargas Llosa, Elogio de la lectura y la ficción (2010); Theodore Schultz, Investment in Human Capital (1961); Gary Becker, Human Capital (1964); Hannah Arendt, The Crisis in Education; Paulo Freire, Pedagogía del oprimido; Amartya Sen, Development as Freedom (1999).





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