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El Primer 11 de Septiembre del Presidente Kast

hace 11 minutos
7 min de lectura

11-S @+ 53A


Por Roberto F. Salazar-Córdova


Han pasado 53 años. Para mí, solo 32 acá. Cincuenta y tres entre allá y acá.


Me refiero siempre por acá a Chile y por allá a Ecuador.


Vine en julio de 1994. Pasé mi primer 11-S hace 32 años, en Santiago. En esa época, Nueva Providencia todavía se llamaba como debería haberse seguido llamando: 11 de Septiembre.


Y todo era normal.



Habían pasado cuatro años y un poquito más desde el retorno a la democracia. Patricio Aylwin ya había terminado su gobierno. Gobernaba Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Chile vivía en paz, crecía, reducía pobreza, recibía inversión y consolidaba una transición que después sería estudiada fuera de Chile como uno de los procesos políticos y económicos más exitosos de América Latina.


A Aylwin nunca se le ocurrió cambiar el nombre de la avenida.


A Frei tampoco.


¿Por qué?


Quizá porque aquella Concertación todavía entendía algo elemental: para gobernar el futuro no hace falta borrar el pasado.


¿QUÉ NOS PASÓ?


¿Cómo pudimos pasar de aquella Concertación a la Nueva Mayoría?


¿Cómo pasamos de la poderosa UDI de Jaime Guzmán, de una Constitución que sobrevivió a Pinochet, a Aylwin, a Frei y a Lagos, a un país en que casi 80% votó por abrir un proceso destinado a reemplazarla?


¿Cómo llegamos desde la transición a la refundación?


Y, sobre todo:


¿cómo pudo Chile olvidar tan rápido por qué había llegado al 11 de septiembre de 1973?


George Santayana escribió entre 1905 y 1906 aquello que después se convirtió en una de las frases más repetidas del siglo XX:


“Those who cannot remember the past are condemned to repeat it.”


Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.



La idea es más vieja que el hilo negro.


Tucídides nunca escribió exactamente “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, aunque así nos lo enseñaran alguna vez en secundaria. Su pensamiento era más interesante: escribió historia porque acontecimientos semejantes podían volver a ocurrir mientras la naturaleza humana continuara siendo esencialmente la misma.


Y ahí está el problema.


EL 11-S NO COMENZÓ EL 11-S


El error histórico más grande sobre el 11 de septiembre de 1973 consiste en comenzar a contar la historia ese mismo 11 de septiembre.


Eso convierte una consecuencia en causa.


Chile no amaneció un martes cualquiera y decidió terminar con su democracia.


Llegó hasta allí.


Había una crisis económica gravísima. Había polarización. Había violencia política. Había grupos armados. Había intervención extranjera en plena Guerra Fría. Había desabastecimiento. Había enfrentamiento institucional. Había un Congreso enfrentado al Ejecutivo. Había una Corte Suprema enfrentada al Ejecutivo. Había una sociedad partida.


Y existía algo todavía más grave:


el orden constituido había dejado de ser reconocido como límite suficiente por todos los actores.


Allí comienza realmente el 11-S.


Mucho antes de los Hawker Hunter sobre La Moneda.


ALLENDE


Salvador Allende fue elegido Presidente dentro de una democracia.


Ese dato es indispensable.


También lo es que su gobierno terminó enfrentado con una parte sustancial de la institucionalidad de esa misma República.


No hace falta inventar la historia. Está escrita.


El Acuerdo de la Cámara de Diputados del 22 de agosto de 1973 acusó al gobierno de graves quebrantamientos del orden constitucional y legal y llamó a los ministros militares a poner término a esas situaciones.


Eso ocurrió veinte días antes del 11 de septiembre.


Se puede discutir durante otros 53 años la interpretación política de aquel acuerdo.


Lo que no se puede hacer seriamente es borrarlo de la secuencia causal.


Porque entonces desaparece precisamente la pregunta importante:


¿cómo llegó Chile hasta ese 22 de agosto?


Y después:


¿cómo llegó desde el 22 de agosto hasta el 11 de septiembre?


Ahí está la historia que hay que estudiar.


EL 11 DE SEPTIEMBRE


Yo defiendo el 11 de septiembre de 1973.


Lo defiendo filosóficamente como el punto en que una sociedad que había perdido su equilibrio encontró brutalmente un nuevo punto de partida.


No necesito convertirlo en una fecha inocua para hacerlo.


Fue una ruptura.


Precisamente por eso importa.


Las naciones tienen fechas de continuidad y fechas de ruptura. Ambas forman parte de su historia. Y cuando una ruptura cambia durante medio siglo la trayectoria institucional, económica, social y política de un país, pretender eliminar su significado cambiándole el nombre a una avenida resulta bastante pequeño frente a la magnitud de lo ocurrido.


El 11 de septiembre cambió Chile.


Eso es un hecho.


Milei es un recorderis para Chile de lo peligroso que es olvidar la historia.
Milei es un recorderis para Chile de lo peligroso que es olvidar la historia.

Después se construyó un nuevo orden institucional y económico. También es un hecho.


Ese orden sobrevivió al gobierno militar.


Y ese segundo dato es fundamental.


PINOCHET SE FUE. EL MODELO QUEDÓ.


Pinochet perdió el plebiscito de 1988.


Y se fue.


Entregó la Presidencia a Patricio Aylwin el 11 de marzo de 1990.


La democracia volvió.


Pero Chile no volvió a 1970.


Esa diferencia explica muchísimo.


La Concertación recibió una institucionalidad y decidió gobernarla, reformarla y legitimarla democráticamente.


Aylwin no refundó.


Frei no refundó.


Lagos tampoco refundó.


Lagos hizo algo bastante más inteligente: reformó.


En 2005 puso incluso su propia firma en el texto constitucional reformado.


Ese Chile entendía la diferencia entre corregir lo constituido y destruirlo para volver a constituir.


Y funcionó.


HASTA LAGOS


Hasta Lagos puedo seguir perfectamente la lógica histórica de la transición.


Después comienza otra historia.


El debate, desde Bachelet, bajó de 6/7 a menos de 4/7 en Chile. La Convención de los 2020 fue un 3 de principio a fin, con tendencia al cero en las calles...
El debate, desde Bachelet, bajó de 6/7 a menos de 4/7 en Chile. La Convención de los 2020 fue un 3 de principio a fin, con tendencia al cero en las calles...

La llegada de Michelle Bachelet marca para mí un cambio político y cultural que con los años terminó siendo mucho más importante de lo que entonces parecía.


La Concertación fue perdiendo su naturaleza original.


Después vino la Nueva Mayoría.


Y la reforma comenzó a transformarse en una narrativa de sustitución.


Ya no bastaba mejorar Chile.


Había que reemplazar aquello que supuestamente impedía construir otro Chile.


La Constitución pasó progresivamente de ser el marco dentro del cual competía la democracia a convertirse ella misma en el enemigo político.


Eso fue un error gigantesco.


PIÑERA


A Sebastián Piñera le reconozco algo fundamental: canalizó democráticamente el conflicto.


Le tocó una situación extraordinariamente difícil.


Puede criticarse —y yo lo hago— que cediera demasiado protagonismo político a Bachelet y al mundo que terminó capitalizando institucionalmente el estallido.


José Antonio Kast también fue duramente crítico de la conducción política de Piñera.


Pero responsabilizar a Piñera de todo lo que vino después sería demasiado fácil.


Chile llevaba años desplazándose.


Piñera recibió buena parte de esa acumulación y optó por una salida democrática.


El resultado fue el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución y después el plebiscito.


Y allí ocurrió algo que todavía debería estremecer intelectualmente a Chile.


78,27%


El 25 de octubre de 2020, 78,27% votó Apruebo.


Casi ocho de cada diez.


Chile estuvo dispuesto a abrir la hoja constitucional.


Dos años después, el experimento llegó a las urnas.


Y 61,86% lo rechazó.


El país que había votado abrumadoramente por cambiar la Constitución rechazó abrumadoramente la Constitución que produjo el proceso.


Aquello probó una diferencia gigantesca:


estar enojado con lo constituido no significa saber qué constituir en su reemplazo.


Esa diferencia nos devuelve a Santayana.


KAISER, KAST Y LA VUELTA


Yo no voté por José Antonio Kast en primera vuelta.


Voté por Johannes Kaiser.


Lo hice conscientemente.


Porque en ese momento consideré que Kaiser expresaba con mayor claridad una demanda de libertad, orden, propiedad, responsabilidad y recuperación doctrinaria que llevaba años buscando representación.


Después la democracia hizo su trabajo.


Kast ganó.


Y cuando gana democráticamente quien representa ese espacio político, corresponde entender también lo que ocurrió.


No apareció de la nada.


Es una respuesta.


Las sociedades tienen memoria incluso cuando sus élites intentan administrársela.


Después de años de desplazamiento hacia la refundación, el péndulo regresó.


No necesariamente al Chile de 1973.


Tampoco al Chile de 1980.


Regresó a algo mucho más elemental:


orden, libertad, propiedad, familia, autoridad, responsabilidad y República.


Lo interesante es que regresó por votos.


Ahí está la diferencia fundamental.


11 DE SEPTIEMBRE


Por eso nunca habría cambiado el nombre de Avenida 11 de Septiembre.


Una calle no causa un golpe de Estado.


Una placa tampoco viola derechos.


Un nombre recuerda.


Y una sociedad que necesita eliminar nombres para sentirse segura frente a su propia historia demuestra precisamente que todavía no ha conseguido procesarla.


Nueva Providencia puede ser un nombre bonito.


11 de Septiembre decía algo.


Recordaba que Chile llegó una vez a un punto en que su sistema político fue incapaz de resolver su propia fractura.


Eso es infinitamente más importante que una señalética.


53 AÑOS


Han pasado 53 años.


Yo he vivido 32 de ellos acá.


Vi el Chile de Frei.


Vi el de Lagos.


Vi el de Bachelet.


Vi el primer Piñera, el segundo Bachelet, el segundo Piñera, el estallido, la Convención, el Rechazo y todo lo que vino después.


Y después de recorrer toda esa secuencia encuentro una ironía histórica enorme.


Chile quiso desprenderse del 11 de septiembre.


Cambió el nombre de la avenida.


Cuestionó la Constitución.


Intentó escribir otra.


La rechazó.


Intentó nuevamente resolver el problema constitucional.


Y finalmente el electorado volvió a buscar orden por la vía más limpia que existe en una República:


votando.


Eso también es historia.


Quizá Santayana tenía razón de una manera todavía más profunda.


La historia no se repite porque las fechas tengan poderes mágicos.


Se repite porque nosotros seguimos siendo humanos.


Nos polarizamos.


Olvidamos.


Destruimos consensos que demoraron décadas en construirse.


Descubrimos después cuánto costaban.


Y comenzamos nuevamente a buscarlos.


Por eso, a 53 años, yo sí defiendo el 11 de septiembre.


No necesito borrarlo.


No necesito disfrazarlo.


No necesito pedir perdón por estudiarlo desde sus causas.


Y mucho menos necesito aceptar que la historia de Chile comenzó cuando los aviones aparecieron sobre La Moneda.


El 11-S comenzó antes del 11-S.


Entender aquello permite entender lo que pasó después.


Y quizá permite comprender también por qué, 53 años más tarde, Chile volvió democráticamente a buscar aquello que creyó alguna vez que podía simplemente dejar atrás.


La historia tiene esas cosas.


Por eso conviene recordarla completa.



Roberto F. Salazar-Córdova

Economista

Santiago de Chile

11 de septiembre de 2026

 
 
 

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