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RESURRECCIONARNOS: HOY.

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A RESUCITAR: CIENCIA Y FE, ESTADO Y VIDA HUMANA


Roberto F. Salazar-Córdova

Economista



I. El punto de partida


La discusión sobre la resurrección debe evitar errar su método.


No quieras pedirle a la ciencia una prueba experimental y racional de un hecho que, puedes elegir creer que ocurrió o no, pero que una vez que elijas el sí o el no, debes decir -sin vacilar- que es un evento que cambió la historia.


Tampoco quieras, por ello, expulsar toda discusión racional y dejar la resurrección en una zona puramente voluntarista, popular o pasional.


Ambas salidas: razón y voluntad son necesarias pero insuficientes si se separan.


La ciencia histórica sí puede establecer un núcleo robusto: Jesús existió, fue crucificado bajo autoridad romana, surgieron muy temprano comunidades que afirmaron que había resucitado, y esas comunidades reorganizaron su vida, su lenguaje y su misión a partir de esa convicción, hasta hoy.


Millones somos parte militante de algo que la ciencia no puede rehacer ni repetir en un laboratorio, pero que sigue siendo un acontecimiento único y trascendente. La teología es ahí la reina, llegada la hora del método. Más allá de ese umbral reina algo imposible de entender: la fe.


Para el católico, ese umbral no es un vacío. Es el centro.


La resurrección de Cristo no es un adorno doctrinal ni un símbolo moral. Es la clave del conjunto. Si Cristo no resucitó, la fe cristiana se vacía. Si resucitó, cambia todo: la persona, la familia, la comunidad, la política, la economía, el trato con la muerte y el lugar del poder temporal.


Como veremos más adelante, hoy estamos lejos del vacío, lejos de la tumba y la roca que la tapaba.


Abandonar la muerte es el punto decisivo del catolicismo y, en general, del judeo-cristianismo histórico. Pero en el catolicismo ese núcleo viene unido a algo adicional: la continuidad institucional de la Iglesia, la sucesión petrina, la centralidad sacramental y el lugar singular de María. Esa combinación es la que le ha dado a la humanidad una densidad única durante más de dos milenios de su historia.


El encuentro del resucitado con su madre es lo que celebramos hoy y siempre, universalmente y personalmente.


II. Qué puede afirmar la ciencia y qué no puede afirmar


La investigación histórica y filológica puede comparar fuentes, fechar textos y medir cercanía temporal. Por eso hoy es razonable sostener, con alto consenso académico, que el cristianismo nació muy pronto alrededor de una afirmación central: Jesús, ejecutado en la cruz, estaba vivo. El dato histórico fuerte no es solo la muerte. Es la aparición inmediata de una comunidad que actuó como si la muerte hubiese sido vencida. La ciencia histórica registra esa transformación. No puede, sin embargo, convertirla en demostración experimental del milagro. En términos metodológicos, falta repetibilidad, control y falsabilidad. La resurrección como hecho sobrenatural queda fuera del experimento, pero no fuera de la razón histórica.

Aquí conviene ser intelectualmente limpio. Las hipótesis naturalistas explican partes del fenómeno, pero tropiezan cuando intentan explicar todo a la vez. El robo del cuerpo tropieza con la disposición al martirio de quienes habrían sostenido una mentira sabida. El error de tumba explica poco frente a la rapidez con la que la convicción pascual se consolidó. Las experiencias visionarias pueden ayudar a explicar experiencias individuales, pero les cuesta explicar la expansión estable de una comunidad que vivió durante siglos y vive por milenios celebrando de esa afirmación. La hipótesis trascendente integra mejor el conjunto, pero justamente por eso excede el método experimental. La conclusión seria es esta: la historia deja muy bien establecido el hecho de la fe en la resurrección y sus efectos; la causa última ya pertenece a la filosofía y a la teología.


III. La data: doctrinas y cuerpos sociales practicantes diversos


Cuando se comparan religiones, filosofías o posiciones de no creencia, conviene evitar bolsones estadísticos demasiado amplios. “Cristianos”, “musulmanes” o “no afiliados” son categorías útiles para demografía general, pero pobres para análisis doctrinal fino.


Si lo que importa es la doctrina, entonces hay que separar católicos, protestantes, ortodoxos, evangélicos, judíos, hindúes, budistas, ateos y agnósticos. También hay que incluir al yoga, que a escala mundial, funciona hoy como una práctica que se abre camino a pesar de no poseer doctrina única con una autoridad central comparable a la Iglesia católica o a una confesión religiosa organizada. Esa precisión puede aplicarse al deporte o a todo lo que nos brinde paz, a veces incluso a la política.


En lo que viene analizaremos costos y beneficios, y calidad de vida, como base del análisis.


Hecha esa precisión, aparece un dato relevante. El catolicismo sigue siendo la mayor Iglesia individual del mundo. La Santa Sede reportó 1.405.454.000 católicos a junio de 2023. Gordon-Conwell, usando otra metodología demográfica, proyectó para 2025 unos 1.272.775.000 católicos, frente a 628.862.000 protestantes, 291.580.000 ortodoxos, 420.040.000 evangélicos, 31.433.000 sijes, 15.357.000 judíos, 761.092.000 agnósticos y 145.475.000 ateos.


Pew, en su mapa religioso mundial para 2020, situó a los hindúes en torno a 1.2 mil millones, a los budistas en 324 millones y a los judíos en 14.8 millones. Medido así, por cuerpos doctrinales o eclesiales separados, el catolicismo supera a cada una de esas corrientes individuales. Eso permite decir con rigor que el catolicismo es la mayor Iglesia individual del planeta. Sus fieles son 5 a 1 los practicantes de yoga o los practicantes de fútbol como el deporte mayor del planeta.


IV. Lo propio del catolicismo: resurrección, María, Pedro y universalidad


La resurrección distingue al cristianismo del resto de las grandes religiones, y une al catolicismo con el resto de los cristianos, ortodoxos y protestantes, que a pesar de los cismas nunca dejaron de creer en ella.


Lo singular del catolicismo es la combinación entre la resurrección como centro, la continuidad apostólica, la sucesión petrina, la sacramentalidad, la universalidad y el lugar de María.


El Catecismo define la resurrección de Cristo como verdad culminante de la fe cristiana. La misma enseñanza oficial sitúa a María en un lugar singular dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, y sostiene la continuidad del servicio petrino en el obispo de Roma quedando ella a cargo de Juan, que escribió su Evangelio y el Apocalipsis. Es esa unión entre credo, cuerpo institucional, memoria sacramental y misión universal mariana la que hace del catolicismo algo más que una corriente espiritual entre otras.


Aquí domina la Pascua de Resurrección, que además es el dominio de la cuestión del tiempo.


Sumemos en ello el judaísmo, que nos integra a una tradición más antigua que el cristianismo: la eternidad histórica anterior a Cristo; eso viene junto con el Sí de María, cuyo hecho consumado en Natividad partió el universo en dos momentos, antes y después de Cristo.


Pero Cristo no es Navidad solamente. Es resurrección sobre todo. Es Dios dando vida tras la muerte, no solo por biología sino por poder total.


Eso, cuando se mira en larga duración, bi-milenaria y eterna por juntarse en matriz judeocristiana, forma una sola gran corriente histórica en la que Moisés, los profetas, la alianza y la esperanza mesiánica ocupan un lugar constitutivo para la comprensión de la humanidad.


En ello, el catolicismo añade una comprensión específica: que Cristo eligió a Pedro y que desde ahí existe una continuidad visible en la institucionalidad que supera a cualquier otra en la historia. Esa fe vive en Roma y es universalmente respetada, pues no puede negarse que ha producido la mayor de las continuidades institucionales del mundo.


Eso es también resurrección, y aquello tiene resultados.


V. Fe y resultados: lo personal, lo familiar, lo social


Si se asume la cuestión del milagro a la maravillosa fe, y se mira el efecto de aplicar dicha fe, organizada, a la recuperación de la vida, la evidencia empírica se vuelve cada día más firme.


Estudios compilados en la revisión amplia de JAMA sobre espiritualidad y salud mostraron que la espiritualidad se asocia de modo relevante con mejores resultados de salud y atención en numerosos contextos, especialmente en salud mental, afrontamiento y enfermedad grave.


Pew, por su parte, ha mostrado que la práctica religiosa activa suele asociarse con mayor satisfacción vital y mayor participación cívica.


Estas asociaciones no necesitan prueba de causalidad sobrenatural, pero nacen de la fe. En sí, muestran que la fe organizada, vivida comunitariamente, tiene consecuencias humanas observables, algo que Cristo siempre explicó en parábolas.


El catolicismo y el papado no se encargaron a los fariseos, de modo de agregar algo más que un efecto racional: la fuerza no subjetiva de la voluntad del amor. Eso crea, revive y agrega infraestructura en toda circunstancia.


La voluntad católica se resume en las estadísticas vaticanas de 2025, que registran 103.951 instituciones caritativas y sanitarias de la Iglesia, entre ellas 5.377 hospitales y 13.895 dispensarios, además de una red global educativa masiva.


Eso es un pueblo en acción; eso no requiere estado y significa que el catolicismo no solo habla de vida tras la muerte sino que produce organización para que la vida venza a la muerte.


Allí, la Pascua se vuelve visible como algo que genera atracción y tracción para acercar a la acción a todos, incluso al ateísmo, y ni se diga al agnosticismo, y sobre todo al depresivismo de las redes que tienen una posición puramente necesitada de fe.


El catolicismo es visible en EEUU y avanza de la mano de lo hispánico, por su fuerza para atraer hacia la cultura de paz y vida a muchas corrientes desinstitucionalizadas por la relativización de la muerte que no puede ofrecer trascendencia nunca, por antonomasia.


La resurrección hoy se muestra como lo que es: un fenómeno que crea vida como se reproducen los conejos y que guarda la dulce célula mayor de un huevito de chocolate de pascua escondido ciñon amor para que lo encuentre un niño jugando junto a sus padres y amigos.


Ese juego, al madurar nuestros niños dará vida del mismo modo: una red mundial estable de cuidado, educación, asistencia y presencia territorial asumida como nuestta misión de amor al prójimo.


En ese punto la tesis de la resurrección puede formularse socialmente con total claridad. Más allá de los límites de la ciencia sobre el hecho central de la resurrección, abrazar la fe católica nos ayuda a ordenar mejor la vida personal, familiar, social y global.


Al reencontrarnos con la vida, los creyentes quedamos eximidos del sufrimiento, y así, la resurrección cambia el horizonte de todo el planeta: Cambia la manera de sufrir, de servir, de perdonar, de construir instituciones y de entender el poder. Ese efecto es directo y es real, medible, replicable. Va además de la mano de la doctrina: "por sus obras los conoceréis".


Allí es donde renacemos de la mano del Espíritu Santo que es Dios porque es eterno y bueno, todopoderoso y absoluto.


La fe bien vivida santifica la conducta, amplía la responsabilidad y deja atrás el sepulcro blanqueado del narcisismo: matando el yo y resucitándonos... por sobre todo Estado.


VI. La variable del costo: el martirio


Hay otra capa que debemos asumir: "no pain, no gain": esto rara vez se analiza con seriedad en la discusión moderna: la intensidad de la fe requiere donarse.


No basta contar creyentes. Hay que mirar hasta dónde llega una comunidad cuando está dispuesta a sufrir por lo que cree.


Gordon-Conwell mantiene una serie de “martyrology” y proyectó 900.000 mártires cristianos por decenio tanto en 2020 como en 2025, dentro de su propia metodología.


Cada década nos matan en un millón. En este tiempo.


Pero así nacimos y así nos reproducimos, como conejos, con la célula mayor del cascarón de la resurrección.


Esa cifra es un registro judicial universal que da testimonio y afirma lo más importante: el fenómeno martirial cristiano no pertenece solo a la antigüedad. Sigue existiendo. Y su existencia dice algo sobre la densidad de la fe. No toda creencia organiza una vida hasta la muerte. No toda doctrina produce esa disposición. En el cristianismo, y de modo visible en el catolicismo, la lógica del martirio no nace del fanatismo por el poder, sino de la imitación de Cristo y del amor al prójimo hasta el extremo.


VII. El problema siempre es el Estado: cuando la política ocupa el lugar de Dios


Aquí la comparación con los regímenes modernos se vuelve imprescindible. Ateísmo, agnosticismo y laicidad no son lo mismo. El ateísmo es una posición de no creencia. El agnosticismo suspende el juicio. La laicidad es una forma de ordenar el Estado. El Comunismo, en particular, asesinó cristianos masivamente de modo de imponer su forma de organización política y económica.


La historia del siglo XX permite extraer una lección fuerte: cuando el Estado se absolutiza, cuando el partido ocupa el lugar del sentido último y cuando desaparecen los límites morales al poder, la mortalidad cristiana puede alcanzar escalas monstruosas. Britannica estima unas 140.000 muertes en el Terror Rojo ligado a Lenin. Bajo Stalin, el ciclo de coerción agraria y hambruna de comienzos de los años treinta produjo millones de muertos; Britannica habla de al menos 5 millones solo en el gran episodio de hambre entre 1931 y 1934. En China, Britannica sitúa hoy el costo humano del Gran Salto Adelante en torno a 45 millones de muertes, con entre 2 y 3 millones atribuibles a tortura y ejecución. Estas cifras no prueban que el ateísmo individual mate. Lo que prueban es otra cosa: cuando un régimen político elimina contrapesos, sofoca libertad religiosa, concentra el poder y convierte la ideología en absoluto, la persona humana queda radicalmente expuesta.


Los católicos luchamos contra eso sin armas.


La tesis aquí debe ser exacta. No se trata de decir que toda sociedad no religiosa produce muerte. Hay sociedades laicas con altos niveles de vida y libertades robustas. Se trata de decir que la negación práctica de toda trascendencia puede facilitar la divinización del Estado, del partido o del líder si no existen límites morales y jurídicos sólidos. Y en ese terreno, la frase de Cristo, “mi reino no es de este mundo”, tiene una potencia política inmensa: impide que el poder temporal sea absoluto. Esa frase no anula la vida política. La relativiza. Y al relativizarla, protege mejor a la persona católica, cuya polítiva trasciende lo gubernamental: dad al César lo que es del César.


VIII. Teocracia y violencia: tampoco basta invocar a Dios


La otra cara del problema debe decirse igual de claro. Un régimen que invoque a Dios tampoco garantiza vida, justicia ni paz. En febrero de 2026, expertos de la ONU exigieron a Irán detener ejecuciones, revelar el paradero de desaparecidos, liberar detenidos arbitrariamente y permitir investigaciones independientes por las violaciones de derechos humanos ligadas a las protestas nacionales.


En marzo, la relatora especial habló de un agravamiento de la crisis de derechos humanos y de la continuidad del aumento de ejecuciones en 2026. La conclusión es simple: religión estatal sin libertad tampoco salva. El poder que se envuelve en lenguaje religioso y aplasta la conciencia termina desmintiendo a la religión que dice defender.


De ello sabemos bien los judíos, los cristianos y especialmente los católicos, que en honor a la verdad, y a través de nuestros papas, hemos hecho nuestros mea culpa por hechos pasados que no nos han detenido, pero siempre nos han enseñado.


IX. Cruzadas, guerras de religión y conquista: las sombras del mundo cristiano


Un texto serio para ADN@+ no debe esconder las sombras del propio mundo cristiano. Hubo Cruzadas. Britannica resume al menos ocho grandes cruzadas entre 1096 y 1270. Hubo guerras de religión. La Guerra de los Treinta Años fue una mezcla de rivalidades religiosas, dinásticas, territoriales y comerciales, y en regiones como Württemberg más de 50% de la población murió o desapareció. Esos hechos no se pueden barrer debajo de la alfombra.


Deben leerse con método. La Guerra de los Treinta Años no fue una simple aplicación del credo cristiano. Fue un conflicto europeo donde religión, razón de Estado, dinastías y economía quedaron enredadas. Las Cruzadas tampoco se entienden si se las corta del contexto geopolítico mediterráneo, del control de rutas, del imaginario penitencial y de la respuesta a presiones militares previas.


Reconocer eso no absuelve toda violencia.


Impide una lectura simplista.


El mismo criterio vale para América. La conquista española coincidió con el fin de prácticas como el sacrificio humano en Mesoamérica, cuya existencia y escala están ampliamente documentadas por arqueología e historia. Al mismo tiempo, la colonización provocó un colapso demográfico severo por enfermedades, guerra, explotación y desestructuración social. No sería serio atribuir todo ese colapso al dogma católico. Fue un proceso colonial. Tampoco sería serio borrar el hecho de que la evangelización ayudó a desmontar un sistema sacrificial humano o prácticas mitimaes que hicieron colapsar regímenes por odio y resentimiento. La historia exige admitir ambas cosas a la vez.


En este punto, hemos puesto sobre el tapete otra forma de entender la resurrección: la de la vida de la propia Iglesia.


X. Reforma y Contrarreforma: expansión, ruptura y recomposición (resurrección)


La Reforma protestante y la Contrarreforma católica alteraron profundamente el mapa espiritual de Europa y del mundo. La Reforma contribuyó en varios contextos al aumento de la alfabetización y a la lectura individual de la Escritura. La Contrarreforma fortaleció la formación clerical, la vida sacramental, la educación católica y la expansión misional. Ningún balance serio puede reducir ese período a una lucha entre luz y oscuridad. Fue una recomposición de civilización, con ganancias institucionales y costos humanos enormes: muerte de lo viejo y resurrecxión hacia lo nuevo.


La clave, para el tema de este artículo, es otra: incluso en medio de quiebres, la fe cristiana siguió resucitando tras sus muertes: expandiéndose globalmente. El catolicismo conservó una continuidad visible que le permitió proyectarse más allá de Oriente Medio, Asia y Europa.


XI. América Latina y Estados Unidos hoy


Si se mira la actualidad, el catolicismo enfrenta un cuadro complejo, pero no terminal. En América Latina, Pew mostró en enero de 2026 que los católicos siguen siendo el grupo religioso más grande en Ecuador, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, aunque con una caída relativa frente a décadas anteriores. Hoy representan entre 46% y 67% de los adultos en los países. Eso significa que el catolicismo sigue siendo el cuerpo religioso principal de la región, incluso después de una fase fuerte de pluralización religiosa.


En Estados Unidos, la imagen es menos lineal que la caricatura del “renacimiento” total o del “colapso” definitivo. Pew reportó a fines de 2025 que la afiliación religiosa en Estados Unidos se había mantenido relativamente estable desde 2020. No hay base para hablar aún de un gran retorno religioso nacional uniforme, pero sí hay evidencia de repuntes locales en la Iglesia católica y de un interés renovado en ciertos espacios.


Eso sugiere algo importante: la post-modernidad no ha cancelado la pregunta religiosa. La ha reconfigurado. Y en esa reconfiguración, el catolicismo sigue siendo uno de los pocos cuerpos capaces de articular respuestas: en la parroquia, la universidad, el hospital, las comunidades de caridad, liturgia y presencia global.


XII. Estado, vida humana y “resurrección” social


Miremos otra dimensión de la resurrección: la institucional laica.


Si la pregunta es qué aumenta la probabilidad de vivir mejor, la evidencia comparada apunta primero a la paz, la institucionalidad, la libertad y la capacidad estatal basada en comunidades orgánicas.


Our World in Data muestra una correlación general entre comunidad de valores, democracia electoral y mayor esperanza de vida.


El mismo portal muestra que la esperanza de vida mundial ha pasado de 32 años en 1900 a más de 70 años en la actualidad. No toda democracia funciona bien ni todo Estado autoritario fracasa de inmediato. Pero en promedio, la vida humana florece más donde hay menos arbitrariedad y más instituciones.


Los valores católicos y judeo-cristianos protegen la vida y la renuevan.


Aquí entramos de nuevo en la idea central de este artículo. “Resucitar”, en términos sociales, puede leerse como salir de la muerte estructural hacia la vida estructural. Salir de la guerra hacia la paz. Salir del terror hacia el derecho. Salir del hambre organizada hacia la cooperación productiva. Salir del absolutismo político hacia la dignidad de la persona. En esa transición, la fe pasa a ser decisiva no porque reemplace al Estado, sino porque le pone límite.


La resurrección institucional nos enseña que la muerte de un grupito de poder no tiene la última palabra. Una sociedad que cree de verdad en Cristo, no aceota totalitarismos "a la romana" donde la cruz y muerte siguen reinando. El Católico no cree que lo último sea lo humano, y no está menos dispuesto a adorar al partido, al caudillo, al mercado o al Estado.


Por eso la resurrección tiene implicancias políticas profundas sin convertirse en ideología política.


La pascua nos santifica.


XIII. Mi tesis


Yo creo en la resurrección. Creo en el credo.


Creo que la resurrección de Jesucristo es el hecho central que organiza el catolicismo y que sin ella todo se vuelve fragmento, moralismo o memoria.


Creo también que el catolicismo, precisamente por unir doctrina, sacramentos, sucesión, María, caridad e institucionalidad global, tiene una capacidad singular para ordenar la vida humana en todos sus niveles.


No digo esto porque “somos más” en una contabilidad vacía. Lo digo porque, medido con rigor, el catolicismo sigue siendo la mayor Iglesia individual del mundo, porque ha construido una de las mayores infraestructuras de cuidado del planeta y porque su centro no está en el triunfo del poder temporal, sino en la victoria sobre la muerte.


No ignoro las sombras. Hubo guerras, abusos, instrumentalización política de la religión y violencia en sociedades que se llamaban cristianas. Pero también hubo santos, hospitales, universidades, misiones, mártires, reconciliación y servicio.


El juicio serio no se hace comparando propaganda con propaganda, sino doctrina con doctrina, instituciones con instituciones y resultados con resultados. Y cuando esa comparación se hace bien, el catolicismo no aparece como una reliquia. Aparece como una civilización todavía viva.


XIV. Invitación


La invitación final no es a adherir a una mayoría sociológica ni a refugiarse en una nostalgia imperial. La invitación es a creer en Dios, María, la Santa Cruz, y la Pascua en que la resurrección cambia la vida porque cambia el orden del mundo.


¿Cambiamos la forma de sufrir, la manera de amar, la disciplina de servir y la medida del poder?


¿Trabajamos en Red?


Más allá de lo que la ciencia puede demostrar, la fe en la resurrección permite organizar mejor la persona, la familia, la sociedad y la relación entre lo local y lo global. Y en ese punto el catolicismo sigue teniendo una ventaja singular: es universal sin disolver lo concreto, histórico sin perder trascendencia, institucional sin renunciar al alma.


Cristo mismo puso el límite decisivo al poder de este mundo: “Mi reino no es de este mundo.” Precisamente por eso su reino puede iluminar este mundo mejor que cualquier ideología que pretenda ocupar su lugar.


Para cerrar: ¿Rezamos juntos el Credo, en hermandad?


Credo


Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

 
 
 

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