top of page

Madre de la Paz

EL SILENCIO DE LA MTA: VIRGEN, DOLOROSA Y AUXILIADORA


Punto de encuentro para la paz


Roberto F. Salazar-Córdova


El punto es María.


Al pronunciar su nombre, el alma reconoce un lugar que siempre ha sido casa. Su presencia nos reúne, su corazón nos sostiene, su mirada nos abraza a todos los humanos. En medio del tiempo, cuando la historia se tensiona y los pueblos buscan caminos, ella aparece como luz recibida y entregada, como la luna que refleja la claridad de Dios y guía en la noche.


La Mater Tres Veces Admirable se revela en plenitud: Virgen que guarda el origen, Dolorosa que abraza el dolor, Auxiliadora que levanta a sus hijos. En ella convergen caminos, en ella se reconocen pueblos, en ella se abre una posibilidad real de paz.


El Sábado Santo la muestra en su forma más profunda. Permanece junto a su Hijo, en un silencio lleno, fecundo, donde todo parece recogerse. Ese silencio forma. Ese silencio sostiene. Ese silencio nos envuelve. Y al madrugar, con el rosario en la mano, recorriendo sus dolores, algo se ordena en lo más íntimo, como si cada misterio tocara la herida y la transformara en camino.



Entonces la oración se eleva:


... “Oh Madre Dolorosa!

Por tus lágrimas,

Por la corona de espinas,

Por los clavos que llevas en tus manos,

Por las espadas de dolor con que nuestros pecados traspasaron tu corazón...

...

Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos,

Y alcánzanos de tu Hijo Santísimo,

Dolor intenso de nuestras culpas,

Y vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad...

...

Oh Madre Dolorosa!

Protege a la Santa Iglesia,

Protege a nuestra Patria,

Ampara a la juventud,

Defiende a la niñez,

...

Amén...”




En esas palabras caben todos. Ahí respira la humanidad entera.


Desde el inicio, la Escritura deja una promesa que atraviesa el tiempo:

“Pondré enemistad entre ti y la mujer…” (Génesis 3,15).


Y el profeta anuncia:

“He aquí que la virgen concebirá…” (Isaías 7,14).


La promesa se hace vida en María, que responde:

“He aquí la esclava del Señor” (Lucas 1,38).


Y su canto recoge la historia de un pueblo y la eleva:

“Engrandece mi alma al Señor…” (Lucas 1,46).


Al pie de la cruz, su maternidad se abre al mundo:

“Ahí tienes a tu madre” (Juan 19,27).


Y en el inicio de la comunidad:

“Perseveraban unánimes en la oración, con María” (Hechos 1,14).


Finalmente, en la visión:

“Una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies” (Apocalipsis 12,1).


Esa mujer ilumina. Esa mujer guía. Esa mujer vence desde la fidelidad.


Y en un punto que toca profundamente el corazón del mundo actual, María también es reconocida con grandeza en el islam. En el Corán, su nombre resuena con respeto y elección:


> “¡Oh María! Dios te ha escogido, te ha purificado y te ha escogido entre todas las mujeres del mundo.” (Corán 3:42)




> “¡Oh María! Dios te anuncia una palabra procedente de Él… el Mesías, Jesús, hijo de María…” (Corán 3:45)




> “Y menciona en el Libro a María… Ella dijo: ‘¿Cómo voy a tener un hijo si ningún hombre me ha tocado?’ Él dijo: ‘Así será; tu Señor dice: eso es fácil para Mí…’” (Corán 19:16-21)




En estas palabras se reconoce su pureza, su elección, su maternidad. María aparece como mujer elegida entre todas, como madre del Mesías, como signo de la acción de Dios en la historia.


Así, donde Abraham une a los creyentes como padre en la fe, María aparece como madre que reúne en el corazón. Judíos, musulmanes y cristianos encuentran en ella un punto de respeto, de reconocimiento, de cercanía.


El dolor que atraviesa los pueblos, que hoy se expresa en conflictos y guerras entre quienes comparten esa misma raíz, encuentra en María un lugar distinto. Su corazón, atravesado por espadas, comprende cada herida humana. Y desde ahí, el dolor se vuelve camino de encuentro.


Ella pisa la oscuridad y refleja la luz. Como la luna bajo sus pies, recibe la claridad de Dios y la entrega al mundo. En esa luz, el hombre puede volver a verse, puede volver a reconocerse, puede volver a confiar.


En este tiempo, su figura se levanta como un puente real. Su presencia abre una posibilidad concreta de rehacer confianzas, de reencontrar humanidad, de caminar hacia la paz. Su modo es simple y profundo: recibe, forma, auxilia. Y en ese movimiento, el hombre encuentra dirección.


Desde nuestras tierras, desde los Andes, desde cada rincón donde su nombre es pronunciado, esa presencia se siente cercana. Ella recorre los pueblos, sostiene las historias, reúne los corazones.


La Mater Tres Veces Admirable se muestra entonces completa: Virgen que cuida el origen, Dolorosa que transforma el sufrimiento, Auxiliadora que levanta a sus hijos.


En su silencio encontramos sentido.

En su luz encontramos camino.

En su amor encontramos paz.


Y en ese encuentro, la humanidad comienza a renacer.


Adelante siempre.

Ora et Labora. Urbi et Orbi. Per saecula saeculorum.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page