
PLATA, RIO DE LA...
- ROBERTO SALAZAR CORDOVA

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¿Todos odian a Argentina?
Por Roberto F. Salazar-Córdova
Todos odian a Argentina.

La frase molesta. Ese es su propósito. No busca describir un dato estadístico. Busca revelar un fenómeno. Cuando Argentina juega, millones de personas que no son sus rivales directos desean verla perder.
Ocurre en América Latina, ocurre en Europa y ocurre incluso entre quienes nunca han visitado el país.
La pregunta no es si todos la odian. La pregunta es: ¿por qué tanta gente parece necesitar que Argentina pierda?
La primera respuesta parece política. Los Estados construyen relatos nacionales. Los gobiernos descubrieron hace mucho que el deporte moviliza emociones con una intensidad que pocas actividades humanas alcanzan. Un triunfo puede fortalecer una identidad colectiva; una derrota puede transformarse en una catarsis nacional. Si eso es cierto, el fútbol deja de ser únicamente fútbol. Se convierte en un escenario donde también compiten proyectos políticos, relatos nacionales y formas de entender el poder.
La segunda respuesta pertenece a la historia. Los pueblos no nacen cada cuatro años, cuando comienza un Mundial. Llegan con siglos de memoria, de conflictos, de admiraciones y de heridas. Argentina ocupa un lugar singular en la historia sudamericana: potencia económica durante buena parte del siglo XX, referente cultural para millones, protagonista de rivalidades regionales y, al mismo tiempo, objeto permanente de admiración y crítica. Ninguna emoción colectiva aparece de la nada; siempre tiene una historia detrás.
Después aparece la cultura. Cada sociedad enseña, casi sin darse cuenta, cómo mirar al vecino. Hay culturas que celebran al ganador. Hay otras que prefieren al desafiador. Hay pueblos que admiran el liderazgo y otros que sospechan de quien sobresale. Tal vez el fenómeno argentino no hable únicamente de Argentina. Tal vez refleje la manera en que nuestras propias sociedades aprenden a convivir con el éxito ajeno.
La economía tampoco permanece al margen. Vivimos en una industria de la atención. Cada discusión genera tráfico. Cada polémica produce audiencia. Cada enfrentamiento aumenta el tiempo que permanecemos conectados. Si el conflicto vale dinero, alguien termina obteniendo beneficios del conflicto. No hace falta una conspiración para comprenderlo; basta reconocer que los incentivos económicos favorecen aquello que mantiene cautiva nuestra atención.
La tecnología acelera ese proceso. Los algoritmos no sienten simpatía ni rechazo. Aprenden. Descubren qué contenidos producen mayor interacción y los muestran una y otra vez. Poco a poco, las emociones más intensas ocupan más espacio que las más serenas. El resultado puede ser una sociedad convencida de que el enfrentamiento es natural, cuando quizá solo está observando aquello que los sistemas consideran más rentable mostrar.
También existe una dimensión andina. Los Andes nunca fueron únicamente una cordillera. Han sido un espacio compartido de intercambio, migración, comercio y civilización. Sin embargo, durante siglos también fueron atravesados por fronteras, guerras, nacionalismos y relatos que privilegiaron las diferencias antes que los encuentros.
¿Cuánto del supuesto rechazo a Argentina nace realmente de los Andes y cuánto proviene de historias nacionales que todavía no terminan de reconciliarse?
Luego aparece una pregunta más incómoda.
¿Y si el problema no estuviera fuera sino dentro de nosotros?
La antropología recuerda que los seres humanos construyen identidad formando grupos. El grupo necesita símbolos, pero también necesita diferencias. A veces basta un uniforme distinto para activar emociones que parecían dormidas.
Quizá seguimos reaccionando como comunidades tribales, aunque ahora cambiemos lanzas por camisetas y estadios.
Otros propondrán explicaciones relacionadas con estructuras de poder. Hablarán de élites, de organizaciones discretas, de masonería, de geopolítica o de campañas de influencia.
Es legítimo formular preguntas. Lo indispensable es distinguir entre preguntas, hipótesis y evidencias. Una sociedad madura no censura las preguntas; tampoco convierte las conjeturas en hechos sin antes investigarlas.
Tal vez el error consista precisamente en buscar una sola explicación. Los fenómenos humanos rara vez obedecen a una única causa. La política deja huellas. La historia les da profundidad. La cultura las transmite. La economía descubre cómo aprovecharlas. La tecnología las amplifica. La psicología las convierte en emociones. La espiritualidad pregunta qué hacemos, finalmente, con nuestra libertad frente a todas ellas.
Yo no. No odio a Argentina.
No porque sea mejor que nadie.
No porque Argentina sea perfecta.
Simplemente porque prefiero conservar la libertad de mirar a un pueblo sin necesidad de convertirlo en enemigo. Quizá esa sea la verdadera excepción. No la de quien piensa distinto. La de quien todavía decide pensar por sí mismo.
¿Quieres ser excepcional conmigo?
¡Vivan los Andes!
Roberto F.




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