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Abrid las Puertas...

Y las compuertas...


La alegría de dialogar es infinita.


Por Roberto F. Salazar-Córdova


“Cuando Dios quiere dar, a la puerta viene a dejar”.


Hay necesidades básicas que uno satisface a la carta y bendiciones infinitas que llegan milagrosamente a la puerta.


En general, la mayor fuerza que se interpone entre ambas suele estar dentro de uno mismo.


¿La solución a los frenos interiores?


Negarse a sí mismo y caminar de la mano de todo aquello que nos vuelve humildes y humanos, confiados y mansos, esperanzados y pacíficos.



Humildad


¿Ganaste? ¿Te eligieron? ¿Te delegaron? ¿Resolviste? ¿Te graduaste? ¿Pudiste? … Humildad.


Quien es humilde gana más, es reelegido, recibe delegaciones una tras otra, resuelve de buen grado más y mejor, y descubre capacidades nuevas permanentemente.


¿Lo volviste a hacer? … Más humildad. Allí comienza el perfeccionamiento de la humanidad propia.


Humanidad


Lo humano no se entiende únicamente en el interior de la persona: allí habita la humildad. Lo humano vive también desde la mirada de los otros sobre el actuar de uno.


Ser humano no es algo que se autoproclama, sino un juicio que llega desde terceros que observan nuestros principios y nuestros finales.


Todos nos hemos deshumanizado más de una vez por falta de humildad, pero también por falta de confianza en el cero, en el origen, en la base, en el fundamento que estuvo antes de nosotros como puerta, ventana, piso y techo, casa y ambiente, aire y vida, creación y recreación.


Los valores y principios, junto con la interacción racional y la buena voluntad, permiten construir impacto. Sin embargo, también resulta necesario sentir el llamado de la trascendencia y confiar en que siempre es posible avanzar, a pesar de las idas y vueltas de la vida, porque se confía en la vida misma y en su capacidad de tocar nuestra puerta con millones de personas dispuestas humildemente a dejarse servir.


De allí al “manos que dan, manos que reciben” hay un solo paso: disolver la ansiedad y aprender a confiar y ser confiables, incluso a costa de la propia vida.


Confianza


Hay quien se dejó crucificar y entregó su vida por amor diciendo, en plena confianza con su Creador, Padre y Espíritu de santidad: “En tus manos encomiendo”.


Allí hubo latigazos en el templo, extravíos de los padres mientras hacía lo suyo, prudencias frente a fiestas donde aún era temprano para manifestar milagros, provocaciones a poderosos llevadas al límite, silencios ensordecedores frente a delegados y actos permanentes de amor verdadero: todo desde la confianza absoluta.


Ser santo jamás ha requerido perfección previa. La historia está llena de personas que persiguieron cristianos, como San Pablo; de hombres festivos, como tantos otros; de temerosos, como San Pedro; de desconfiados, como Santo Tomás; o de soldados intensos, como San Ignacio.


A lo que estamos llamados es a convertirnos con confianza y a dejar de juzgar, con humildad y humanidad. Ésa es la gracia previa al estado permanente de gracia plena que permite confiar en nosotros, en los otros y, juntos, en lo eterno como bien.


Eso nos vuelve mansos.


Mansedumbre


Cargar la cruz corresponde a los mansos. La ira, la envidia, la gula y toda la pléyade de amarguras que intentan ganarnos difícilmente entran en un espíritu verdaderamente calmo.


Es cuando se gana y uno se desvía triunfalmente, “de gana”, que se pierde la mansedumbre, la humildad, la calidad humana y se rompen las confianzas, el buen humor y el amor.


Allí es donde la mansedumbre nacida de la confianza en el bien supremo (que sobreabunda con su gracia) nos eleva y nos saca de los terremotos interiores.


La salida es como un globo aerostático que, vía oración, llega milagrosamente para que, confiados, miremos hacia arriba y, con amor, comprendamos el pasado y las caídas provocadas por el ego, dialogando con el pasado pero mirando hacia el futuro.



Al subir con humildad y gracias a la puerta del globo dejada por quien ama sin doblez, podremos valorar la mansedumbre: basta con hacer aquello que realiza un niño indefenso en brazos de su madre: dejarse querer y sonreír mansamente.


Si esa madre es la naturaleza, bien podremos vivir cuidándola, porque siempre habrá comunidades dispuestas a acogernos para abrazar juntos lo natural, sin artificios ajenos a la inteligencia espiritual que anima a la humanidad mansa y confiable en su lucha esperanzada por la paz.


Esperanza


Podemos, mansamente, tener plena esperanza en el amor. La fe pública y la buena fe que nacen de lo experimentado siempre serán como el agua: encontrarán su nivel.


Nuestra esperanza está puesta en nuestra convicción. Si queremos hacer las paces en un mundo convulsionado, violento y lleno de ruido, bien haremos en trabajar incansablemente en el diálogo como fuente de paz.


Los caminos largos construyen humanidad. Podremos juzgar y enajenarnos, cerrar filas y corporativizarnos, cerrar puertas y ventanas y aislarnos; sin embargo, las casas seguirán construyéndose más allá de nuestro control, por gracia de Dios, por fuerza de la naturaleza y por el nivel propio de las aguas de la voluntad. Y llegará siempre la paz del alma para decirnos:

“Si no puedes contra ellos, únete”.


Paz


La paz se parece a un hexágono, vengo diciendo desde hace décadas, con mirada de abeja hacia su panal.



En el hexágono podemos depositar la miel que nace de nuestro interior después de volar cerca de la sociedad, en campos que siguen sobreviviendo gracias a nuestra polinización.


Las hormigas comen abejas muertas, es cierto, y también pueden consumir elefantes por pedacitos. El trabajo en red, de hormiga dialogane y de abeja hexagonal al mismo tiempo, permite vivir y morir en paz porque, sin actuar como zánganos ni sentirnos realeza, podemos organizarnos política, ambiental, cultural, económica y socialmente para crear vida, mantener limpio el entorno y crecer en sociedad y hacia adentro.


Al final, el “descanse en paz” será lo que resonará sobre nosotros.


Por eso, en vida, dialoguemos en lo interno, con Dios y la Patria: vale la pena abrirle la puerta al otro, al diverso con el cual nuestras energías se fundirán a la larga.


Hoy es el mejor día, cada día, para practicar, para cuando pasemos a mejor vida: viviendo en paz.


Las puertas siempre permanecerán abiertas para quienes dialogan sin egos y así, dejan todo en paz, cada vez más.


Roberto F. Salazar-Córdova, ADN@+
Roberto F. Salazar-Córdova, ADN@+

 
 
 

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