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DEUDORES QUE AHORRAMOS: QUEBRADOS QUE INVERTIMOS



TODOS SOMOS DEUDORES QUE AHORRAMOS Y QUEBRADOS QUE INVERTIMOS

Durante una crisis como la actual es normal perder dinero, ingresos, empleo, quebrar y no poder pagar nada de nada: ni a amigos, ni a familia, ni a bancos, ni a empresas, ni los servicios, ni el arriendo, ni impuestos, ni créditos, ni deudas, ni pensiones, ni pasajes, ni atenciones de salud, y a veces ni siquiera nos es posible dar limosna, ello bien porque no se puede ir ni a misa, o porque no quedan centavos que dar en las billeteras vacías que nos deja la recesión.

El ajuste es natural: las familias cambian sus presupuestos, dejan de consumir, no se mueven, dejan de gastar en transporte, gasolina, comidas afuera, dejan de comprar bebidas colas, bebidas alcohólicas, dejan de gastar en ropa, maquillaje, gastan menos agua, menos energía, y cambian su forma de vida para cocinar más en casa, pasar más tiempo en familia, no se sale a hacer deporte en gimnasios ni en espacios pagos, ni se tiene entretenciones normales, ni costos asociados a salidas, paseos y visitas a lugares propios o ajenos.

En todos los países, de una u otra forma, las familias también reciben de propios y ajenos, públicos, privados o familiares, una serie de apoyos, transferencias, subsidios, créditos, ayudas, tiempo, consejo, atención, solidaridad y recursos, mismos que capitalizan y ahorran, curiosamente, en medio de las deudas. Y es que cuando no se espera tener fondos, no solo que no se gasta, sino que se atesora lo poco que se recibe, se cuida cada centavo, literalmente cada moneda, cada billete, cada dinero que llega, cada poquito de liquidez al que se accede.

Y es que también no solo que se recibe y se ahorra en dinero, sino que también se recibe y se ahorra en especies: llegan cajas y canastas, productos y bienes que se intercambian, servicios que se prestan de forma gratuita entre unos y otros. En los productos, se ahorra el detergente, se cuida de comer menos, se raciona el agua, se apagan las luces, se ahorra, pues, en todo, entonces, gastando menos y malgastando nada, cancelando el cable y otros gastos que pueden dejar de hacerse, viendo menos televisión y leyendo para tener más educación y mayor o mejor visión.

También con ello, y por ello, aparecen ideas que se transmiten sin cobro y se devuelven sin más que un saludo y un abrazo, a veces a través de una llamada, un mensaje afectuoso, una noticia, una nota virtual, o un correo electrónico. Muchas veces solo se dona un visto sin comentario, que muestra que se lee, o muchas otras no se da aquello siquiera, sino datos y formas indirectas de notificación vía redes, conversaciones y referencias entre amigos: historias que se cuentan.

Todo se da y recibe gratuitamente; no se tiene para pagar como antes, ni para consumir como se consumía antes. No se tiene para invertir como se invertía antes, ni para dar empleo como se daba antes; no se invita a amigos como se invitaba antes, pero no: no hay pobreza.

De todas maneras: el contacto no se pierde; al contrario, con los verdaderos amigos, no se intercambia tragos ni carnes, no se llevan y traen regalos, ni detalles, sino que muchas veces se entregan testimonios, se cuentan historias, se ahorran vueltas, y se da lo más valioso que tenemos: el tiempo, la compañía, la preocupación de unos hacia otros: se crea comunidad.

Entre todo lo que hay que hacer para salir de apuros y manejar el pasado, aún nos damos tiempo para construir milagrosamente un nuevo futuro juntos: nos reproducimos y nos volvemos no solo ahorrativos con el tiempo, sino que nos multiplicamos al estar más unidos, animándonos para ponerle fuerza y atención al presente, cuidarnos y cuidar, enseñarnos y aprender, calmarnos y rezar. Siempre queda tiempo para amar, reír, disfrutar, y descansar.

Curiosamente, pasamos todos a ser deudores que ahorramos en grupo y quebrados que invertimos en conjunto. Graciosamente, y esa es la palabra, hacemos el milagro de la reproducción de los panes y los peces, al potenciarnos y providencialmente logramos salir en red día a día, en paz y con calma, y vamos conteniéndonos unos con otros, pagando y ahorrando, cuando buenamente podemos; y vamos reduciendo las deudas y aumentando los ingresos, en grupo, en sociedad. Nos reinventamos y vamos saliendo de las quiebras a través de nuevas inversiones “de tribu urbana”: de a poquito, de centavito en centavito, y vamos haciendo nuevos negocios, nos volvemos a emocionar, y volvemos a salir, nos contamos los planes y nos abrazamos virtualmente, no nos decimos mucho, pero nos miramos por las pantallas siempre que podemos, nos leemos a diario siempre que tenemos un minuto, y así, entre todos, nos reconstruimos y nos reinventamos en cinco a diez minutos, a diario, siempre.

Llegamos así de un Domingo a otro, a descansar a plenitud, a relajarnos en la única vacación de cada semana de buena agitación, y nos preparamos para un Lunes que nos vuelve a retar, que nos vuelve a motivar, y que nos prepara para un Martes de nuevas rutinas, nuevas puestas en blanco y negro, para llegar a un Miércoles que se nos lleva la mitad de la semana con los nuevos balances de sumas y restas, buenas y malas cuentas, nuevos impulsos, para asumirlos en el Jueves de siempre, que ya nos da noticias convincentes de que hicimos bien el trabajo que emprendimos, y nos prepara para relajarnos un poquito y disfrutar del Viernes, salir a comprar algo rico, intercambiar algo con los vecinos, y nos reímos mucho con ellos, al final del día y la Semana, para descansar y dormir un poquito más el Sábado, en que paramos un poco la máquina, ahorramos desgaste y reponemos fuerzas, para así levantarnos el Domingo y recrearnos en casa, con un buen desayuno, con un almuerzo tardío, y una cena ligera, más una película, un buen rato de planificación, y una semana, un mes más, un trimestre que se pasan con deudas y ahorros, quiebras diarias e inversiones a cada segundo de cada hora.

Muchos habremos visto de cerca la enfermedad o la muerte, incluso quizá hasta hayamos entrado en duelo al haber perdido a los más cercanos. Incluso varios quizá hayamos pasado por un evento complejo de salud. Y aun así, nuestro cuerpo sobrecargado ha sacado fuerzas de debilidad, nuestro ánimo mermado se ha vuelto a reconstruir, y habrán pasado cosas que no sabremos nunca explicar, mismas que nos habrán fortalecido muchísimo, al no entender cómo pero saber que lo pudimos hacer, al comprender que hay siempre algo más allá de lo que humanamente no habría forma de darle razón que no sea la que provenga de la fe en la imbatibilidad del espíritu.

Así somos: así es también nuestra economía: así sobrevivimos y nos enorgullecemos de nosotros mismos. Así nos tomamos en serio y nos motivamos, pues al final, nadie salvo nuestros pensamientos más íntimos conocen nuestro espíritu y nuestros anhelos, nuestros amores y nuestros proyectos, y sí: con deudas y sin pagos materiales, seguro que ahorramos y nos desendeudamos emocionalmente, volvemos y regresamos a tomar cuerpo, nos hacemos héroes reales en cada minuto, y salvamos a todos los que podemos junto a nosotros en cada segundo y en cada mirada. Invertimos así la quiebra y la convertimos en futuro, hacemos de la crisis una hermosa oportunidad, y salimos de ella fortalecidos, como un ser que resucita con fe, con esperanza, y claro, siempre, con vida y amor, sirviendo sin tener cómo, y siendo cada vez más aun siendo materialmente cada vez menos.

Desde allí es entonces que nos forjamos, ahorramos e invertimos, nos potenciamos y emprendemos, creamos, damos vida, y como resultado, generamos de nuevo ingresos y resucitamos convertidos y optimizados.

Desde allí, en una crisis como la actual es que se vuelve normal volver a crear dinero, ingresos, empleo, dejar atrás las quiebras, mantener la fe pública, y poder pagar todo a todos: amigos, familia, bancos, empresas, servicios, arriendo, impuestos, créditos, deudas, pensiones, pasajes, atenciones de salud, y siempre, de los siempre, dar mucha limosna, porque ya sabemos que no tuvimos suerte, sino que hemos recibido gracia: gracias abundantes con las que hemos ido saliendo, y gracias con las que ya se puede, como se va pudiendo, de a poco, volver a ir a misa, agradecer, y con ello bien se puede volver a comulgar, o entregarse a una nueva fe, a un nuevo formato de religión más laica, humana, amorosa, familiar, personal, íntima, propia, servicial, comunitaria, hogareña, realista, más certera, más racional, ya no solo de centavos, sino de billetes, de pasión por la común-unión, más musical, más alegre, más nuestra: esa que hace que vuelvan a florecer las otrora economías vacías, y de esas que hoy ya nos hacen más verdaderos, más libres, conforme poco a poco nos deja en paz la hoy ya vieja amiga llamada recesión, a la que habremos vencido desde el espíritu indomable del que es capaz de cargarla como una cruz y sobrevivirla por la fe en sí mismo, en los suyos, y en un Dios que está allí, invisible, pero presente.

¡Bienvenidos, DEUDORES QUE AHORRAMOS.

¡Éxitos a los QUEBRADOS QUE INVERTIMOS!

Roberto Salazar, CFO RedSantaCruz.

Santiago de Chile, 4 de Octubre, 2020


 

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Formidable artículo, fiel reflejo de los últimos 6 meses vividos entre cuarentena y pandemia. Ojalá la solidaridad aprendida no se diluya con el pasar del tiempo.

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